viernes, 20 de enero de 2012

Cárcel por sobrepasar el límite de frío

Fíjense en la gélida composición de la fotografía. Una clase de jóvenes derrocha mantas y moco ante un señor, posiblemente un profesor o un comisario político del frío (o menos probable: un técnico calefactor), que se perfila fríamente hacia una esquina con gesto pétreo e indefinido, lo mismo puede haber descubierto  a un alumno copión que tirita fuera de cuadro o estar sopesando si la mesa del fondo ardería bien en un bidón.

Frente a él, sus alumnos. Generación acostumbrada a vivir por encima de sus posibilidades que es hermana e hija de otras acostumbradas a vivir por encima de... Continuar leyendo en Diario Siglo XXI

viernes, 13 de enero de 2012

La perversidad de las tijeras 'neocon'

¿Pueden España y las democracias europeas sobrevivir a un estancamiento prolongado de la economía?

Este reproche al oficio de las tijeras no es un ataque incendiario contra las peluqueras (o peluqueros: tantos miembros como ‘miembras’ hay en el oficio). Tampoco es una venganza por un trasquilón mal curado ni un alegato estético por el corte a navaja o la técnica del mechero, aunque de navajazos hablo y quemados estemos. Lo que hay aquí es un intento, perdón por la mala educación, de señalar con el dedo. ¿A quién? A personajes mitológicos que provocan sufrimientos reales: hadas de la austeridad y peluqueros de presupuestos: montoros y rajoys ‘manostijeras’ del mundo; zapateros y rubalcabas, barberos.

De un tiempo a esta parte, PSOE y PP (en adelante, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy) han tratado de vendernos que el oficio de recortar el gasto público nos sacaría de la crisis y que no había otro tratamiento de choque posible. También dijeron que los recortes no tienen ideologías. Que son como el amor o el onanismo, como  los colores, como tener un perro. Cosas irrenunciables. Pero no, la apología del déficit cero en tiempos de crisis no es neutra: es un axioma neoliberal (de la escuela austriaca de pensamiento) que pseudosocialistas y neoconservadores han aplicado con fervor religioso.

Así, en lo que dura un “me cueste lo que me cueste”, Zapatero entró en trance y, con los ojos en blanco y azotándose a sí mismo en la espalda ensangrentada de los españoles, recortó 15.000 millones de euros. Y Rajoy, que la tiene más larga (la tijera), lleva ya 16.000 millones y amenaza con llegar a 40.000 millones. Los dos tenían una revelación: se les apareció una noche el hada de la austeridad, Angela Merkel, prometiéndoles redención, crecimiento y paz en los mercados. Tan espectacular hubo de ser esa imagen de la canciller alemana con mallas rosas, alitas y una varita en la mano que llevaron la regla del déficit cero a la Constitución... Continuar leyendo en diario Siglo XXI

miércoles, 11 de enero de 2012

Las novias muertas de Rajoy (columna en Diario Siglo XXI)

Saludos,

Hoy me estreno como columnista en Diario Siglo XXI, donde compartiré espacio con compañeros de profesión (estos sí importantes) como Carlos Carnicero, Fernando Jauregui, Antonio Casado. Además tiene la exclusividad para España de los columnistas de The Washington Post. Mi primera columna: Las novias muertas de Rajoy

viernes, 6 de enero de 2012

ALMAS VAPOROSAS


Imaginar cómo el suelo te quebrará los huesos es tan horrible como el momento mismo de rompértelos. De eso sí te puedo hablar, de esas mil veces que el alquitrán ha ganado terreno al cuerpo en mis últimas duermevelas. Te puedo decir de las veces que su dentadura, recalentada por la negrura de su propia naturaleza, se ha abierto paso por los cuatro kilos de piel que recubren mi cuerpo. Cómo, en el impacto, ha machacado los tendones deshechos y los ligamentos, obligándolos a empujones a destrozar cada metafisis, a deformar cada cartílago y deshilachar cada nervio, para luego hacer que cedan, astifinas y retorciéndose contra los órganos, las resistencias dolosas -insoportablemente dolosas- de cada hueso. El dolor durará un segundo, espero, pero la caída se repite una y otra vez aquí adentro, ¿no? Bueno, tú eso ya lo sabes...

-Lo sé, Carlos, es extraño pero lo sé.

El suicidio es una decisión que se toma todo el tiempo. Puedes estar preparándolo muchos meses, que siempre tendrás que abordar el tema desde el principio. Para destruirse hay que convencer a esa parte de ti que quiere vivir, reducir esa mitad vitalista de tu ser a un tercio, o a un cuarto. Hay que ganarle sitio en el alma hasta lograr una mayoría homicida. Es como si esa parte no fueras tú también y se empeñara en hacer las mismas preguntas: ¿Y si te equivocas y las cosas cosas estuvieran a punto de ir mejor?, ¿y si te echas atrás y mañana te levantas más animado, dándote cuenta de que hubiera sido una estupidez hacerlo?...

-  Estoy de acuerdo en que son preguntas muy cabronas. Pero, ¿y si son verdad? Es una posibilidad.

El cerebro te tortura continuamente con eso. Incluso ahora; cuando miras ese hacia abajo que está cada vez más lejos. Cuando subes las escaleras del puente temblando y con la garganta seca. Cuando tienes más que suficiente con tratar de contener el esfínter para no ser tan patético de cagarte encima el día de tu muerte. Incluso ahora, viene el último chantaje: el dolor. ¿Y si el dolor es insoportable?



Con la mitad del torso colgando en el vacío, Carlos Molina siente que tiene tantas ganas de aflojar los nudillos como de agarrarse con violencia a la barandilla verde que separa su cuerpo de doscientos metros de caída libre que le harían reventarse de una puta vez contra el suelo. Se balancea adelante colgándose con los dos brazos. Parece una de aquellas estatuas que se colocan en el mástil de proa de los barcos. Pero no es el mar lo que salpica abajo, sino los vapores de un infierno de asfalto que parece derretirse. Aguanta en esa posición unos minutos, los suficientes para que nos acostumbremos al vértigo y podamos contener el golpeo inarmónico de las palpitaciones, que parecen bofetadas. Quiere tranquilizarse. Se sabe enajenado pero quiere estar medianamente consciente de lo que hace. Piensa que es uno de los derechos a los que puede acogerse un suicida: que la muerte no te pille mirando para otro lado. ¿Y yo? Yo no sé qué pensar. La verdad es que no sé si le empujo o trato de convencerlo para que no lo haga. Mi presencia aquí, en el puente, es casi casual, no sé muy bien cuándo aparezco en esta historia. No sé mucho de mí, tampoco. Al principio, noté los brazos y las piernas. También los dedos, los ojos y las pestañas. Sentí que tenía un cuerpo, pero cuando intenté mover aquellos miembros no sucedió nada. Luego, me oí hablar.

Comencé a oír mi voz ayer sobre las dos de la madrugada, es mi primera sensación consciente de ser. Ahí creo que aparezco, cuando ¿nazco? Bueno, se puede llamar así. Recuerdo que me desperté al escuchar a Carlos. Él divagaba frente a la ventana de su cuarto de baño. Hundido en su albornoz, con todos los huesos mojados como el alma misma, repasaba sus tristezas dibujando una  antigua balanza con la pintura de vaho que le proporcionaba el vapor del cristal. A un lado colocaba el miedo al dolor físico, pesado como una losa, y el dolor físico en sí. También ponía en ese platillo hecho de humedad cosas como el cariño de sus padres, la camaradería de su amigo Diego, las películas de Eastwood (¿Las películas de Eastwood? Joder, Carlos...) y ese libro que siempre quiso escribir. En el otro lado de esa balanza, el vapor se volvía más denso, alimentado por un aliento incontrolado que salía a soplidos por la boca como violentos escapes de gas. En ese extremo negativo ponía la mórbida tristeza que le acompaña desde niño; el recuerdo de las sesiones inservibles de electrodos achicharrándole la cabeza, las batas blancas de su adolescencia y las noches en la sala acolchada. También cabía en ese platito su adultez; o sea, el tedio de los sábados y los lunes, dos o tres botellas de alcohol vacías (En realidad, éstas puedo ponerlas en cualquiera de los dos platos), las razones difusas para no tomarse la medicación y también las que no encontraba para levantarse de la cama. Y el coche destrozado de María, claro. Sobre todo el coche destrozado de María... Y allí, digo, en el reflejo de su rostro en el cristal, con la noche y la ciudad delante, supe que me lo contaba a mí. Que yo ya estaba allí.



El puente de Segovia. ¿Por qué todos los suicidas de Madrid venimos al mismo sitio? Supongo que para ser un suicida es muy recomendable no hacerse el creativo, no se puede ser el genio de la casa en momentos así. ¡Hay cosas que exigen un método contrastado, hostias! Y es que no he parado de leer sobre el suicidio en meses; dónde, cómo, por qué, quiénes. La explicación freudiana, el enfoque psicoanalítico, los cognitivistas... Los psicólogos escriben muchas gilipolleces sobre el tema. “La cura del habla...”, dicen, una cura de hostias les daba yo. Qué saben ellos. Yo sé que aquí, agarrados a esta misma barandilla del mismo puente, un montón antes que yo se han hecho la pregunta que ningún psiquiatra, psicólogo o terapeuta de los cojones del alma se ha hecho: Ahora o nunca, ¿merece la pena? Si respondes sí, te tiras con la esperanza de no arrepentirte a los seis metros de caída; si es un no, te bajas y vuelves a casa con las manos en los bolsillos preguntándote si eres un idiota o si mañana deberías volver a subirte.

- Entonces, ¿merece la pena?

Ufff... Estoy tan cerca de soltarme que no sé si es suficiente para atreverme a hacerlo. Pobre mamá. Desde hace un rato no puedo parar de pensar en ella, en el dolor que voy a dejar en su vida, la cara que pondrá cuando se entere. Ésa es otra cosa que he descubierto que hacemos los suicidas: imaginar cómo recibirá la noticia la gente que tienes alrededor. ¿Se sorprenderán?, ¿algunos se alegrarán incluso?, ¿o llorarán mucho? Quién sabe. Hay tanto hijo de puta. Pero, volviendo a mamá, bueno, y a papá, a los dos, bastante han sufrido ya viendo arrastrarme por la vida, sin responder a los tratamientos, de hospital en hospital, tratando de que su niño fuera normal y viendo cómo ni de adulto encuentro la forma de valerme... Y su forma de sentirse culpables por no conseguir que sea feliz, su rabia cuando hablaba con no se sabe quién: niños imaginarios, gatos y demonios, según el día.

-Eso Carlos, piensa en ellos. ¿No te parece egoísta dejarles esta cicatriz?

-  Ya les he hecho muchas, no creo que ésta sea la peor. Lo mismo les dejo hasta descanso... Tú no sabes las cosas que les he hecho. No sabes nada.

En cierta forma, sí lo sé. Recuerdo lo que Carlos les ha hecho. Les veo gritar y a Carlos hacerse daño a propósito con aquellos cristales. Y luego cortarlos a ellos. Es extraño tener recuerdos de cosas que pasaron antes de existir. Porque, ¿yo que soy? ¿Algo de la lucidez de Carlos?, ¿su locura, quizás?

- Sé unas cuantas cosas, Carlos. También sé de tus ratos de felicidad. Las juergas con Diego, los regalos de Navidad, ese día en el zoológico, aquel trabajo. Todo puede volver para quedarse.

No sé si me ha oído. Siento que lo he dicho muy bajito. Me siento muy lejano en estos momentos, muy vago.

-¡Carlos, Carlos! ¡No!

Los músculos de Carlos comienzan a aflojarse, no sé si es por cansancio o porque la decisión está tomada, pero siento que me desvanezco al mismo tiempo que el vigor de los tendones de sus muñecas, que se dejan llevar o se adormecen, no pudiendo contener el bostezo que las soltará de la barandilla. Carlos está confuso, yo también me nublo...

-  ¡Oiga! ¡¿Qué va a hacer?! ¿No estará pensando en tirarse, amigo?

Carlos aprieta los músculos del sobresalto. Se ha agarrado a la barandilla. Yo vuelvo a oírme más alto otra vez. Un hombre se acerca. Va cubierto de ropas viejas y trae tres chuchos tan sucios como él. Empuja un carro de cartones.

-  ¡No se acerque o me tiro!

¿No se acerque o me tiro? Qué idiotez es ésa, Carlos. A qué hemos venido hoy aquí. De qué llevamos discutiendo horas y horas. Las frases de las películas nos hacen decir este tipo de estupideces todo el tiempo, incluso a los suicidas. A Carlos también le ha debido de parecer ridículo, porque se está riendo un poco.

-  Pero hombre...
-  No es su problema, déjeme en paz, amigo.

El hombre mira a Carlos. El puente, la oscuridad de la noche, un suicida, un mendigo y tres perros. Menuda postal turística.

-  Mire, no es que me importe. No voy a montar un numerito de salvamento, si algo tiene valor en la vida es la brevedad. Es que ahí abajo vivo yo. Y no es que me importe que me aplaste los cartones... Es que ahí están los cachorritos de Séneca    -señala a una perrita marrón de raza indefinible-. ¿No querrá usted despachurrar a unos cachorros delante de su madre como despedida?

El mendigo vuelve acercarse. La  farola lo ilumina un poco. Parece joven. Se sube a la barandilla y se sienta junto a Carlos. Junto a nosotros.

-  Si lo hace, paradójicamente, sería usted el auténtico hijo de perra.

Carlos se ríe. Le ha hecho gracia el comentario. Trata de obviar al molesto invitado que se ha colado sin invitación en su suicidio.

-  Usted también debería tirarse. Y lanzar primero a sus perros- le dice Carlos, socarrón, mirándole por primera vez a la cara para zanjar la intromisión.

-  ... por todos los demonios... Carlos Molina, ¿eres tú?

Carlos se ha dado la vuelta. Frunce el ceño. Mira esa cara barbuda que acaba de pronunciar su nombre. Se siente mareado y quisiera acabar con esto ya, ahora que la fatiga puede al miedo. Pero la curiosidad vence a la una y a la otra finalmente.

-  ¿Es posible que no me reconozcas? ¡Javier! ¡Soy Javier Mercado!

Los recuerdos remontan una montaña de años dentro de la cabeza de Carlos. Ahí está. Javier Mercado, un coleguilla más del último curso de primaria, allí donde los chavales suelen separarse para irse unos a estudiar a un lado y otros a otro. Javier se marchó con sus padres, al extranjero. Nadie volvió a saber de él. Y nadie preguntó tampoco. Por esa época, Carlos empezó con sus problemas, y a visitar a psicokillers, como él llama a los loqueros. No había vuelto a acordarse de él.

-  Claro, ¡cielos, Javier!

Carlos se baja. Ambos se agarran por los hombros. Efusivos. De repente se paran, como si cayeran en la cuenta de que están aquí; a las 11.45 de la noche; quince malditos años después. Uno convertido en un suicida y el otro en un mendigo. Este suicidio, si se me permite, es un circo.


Javier le pasa el porro de hachís a Carlos, que trata de acomodarse a la dureza de estos malditos escalones recubiertos de piedrecitas incrustadas. Fuman, charlan. Uno de los perros chupa los pies de Carlos, quien lo acaricia y ve cómo saltan las pulgas. De repente, llega ese silencio que sucede a las conversaciones banales, a los minutos de cortesía. Ambos se mira tratando de abordar la pregunta más lógica:

-  Esta bien, comienzo yo- le acaba de decir Carlos-. ¿Cómo has llegado a esto?

Javier hace anillos de humo cuya autoría se pierde entre el aire contaminado de Madrid. Finalmente responde.

-  Subiéndome al puente, como tú.

Carlos mira extrañado. Le toca dar una calada al porro. Javier continúa, al fin:

-  Bueno, esta es mi historia. Como sabes me marché con mis padres a Reino Unido. Allí estudie bachillerato y saqué la carrera de Derecho con buenas notas. Entré a trabajar y tuve algo de éxito convirtiéndome en un cretino. Trabajaba, desfasaba los fines de semana y luego trabajaba otra vez. Luego vinieron todas aquellas reuniones aburridas, las risas fingidas, las palmaditas en la espalda y las rayas de coca. Luego el vacío, el miedo a perder todo lo que no quería, los ataques de pánico... Diez años así. Luego llegó la noche que lo cambió todo. Cuando nace el superhombre.

-  ¿La noche?, ¿el superhombre?

-  Estaba muy drogado. Había salido de copas después de firmar unos contratos del bufete. Bebí, fumé, esnifé coca y me fui de putas. Lo habitual, vamos, no te rías. Al llegar a casa me  sentía tan asqueado como siempre. Y esa noche decidí probar el asco que me daba a mí mismo. Cogí aquella pistola que compré para ir con mi jefe a las putas salas de tiro -es el squash de moda entre los ejecutivos, ¿sabes?-  y me la puse en la boca. Allí, de coca hasta las cejas en el cuarto de baño, me hice la pregunta: ¿merece la pena apretar el gatillo o me levanto mañana?

-  Y te rajaste...
-  No. Decidí que valía la pena disparar.
-  ¿Entonces?
-  Disparé
-  ¿Disparaste?
-  Disparé.

Carlos lo mira. Cómo si buscase el agujero que hubo de dejar el disparo en la cabeza o el hueco del tornillo que se le ha debido de caer a este amigo suyo.

-  Claro, te diste un tiro. Y ahora eres un fantasma que viene a salvarme para que no cometa tu mismo error. Vete a la mierda.

Javier se ríe con ganas. Cuando lo hacen los tres perros saltan y dan vueltas, como si compartieran sus chascarrillos.

-Yo no soy un mierda como tú, Carlos. A mí no viene un amigo de la infancia y me convence. Yo disparé. Tiré del gatillo. Me tiré por el puente, si me entiendes así mejor.
-  Deja de burlarte.
-  No me burlo- dice muy serio de repente.
-  ¿...?
-  Me suicidé, Carlos. Me atreví a hacerlo. Pero fue un suicidio sin muerte ni sangre: no había ni una bala en la recámara. No puse bien el cargador y esté se escurrió cayéndose al  cesto de la ropa sucia. Cayó en blandito, ni lo oí. Yo creía que estaba dentro y disparé.

Otro silencio. A Carlos le empiezan a temblar los labios, mira al suelo, carraspea y, finalmente, sin poder evitarlo comienza a reírse. Javier también ríe con él.

-Sí, soy un desastre- dice Javier.

-  Es como si yo me tiro y el puente es tan profundo como el bordillo de una acera -dice Carlos sin parar de reír.

-  ¿Y ahora?

-  Ahora tengo superpoderes. No te descojones, te lo digo en serio. Cuando apreté el gatillo desapareció el miedo a perderlo todo. Las cadenas. Ahora soy un muerto que vive sin preocuparse: hablo con mis perros, orino donde quiero y como cuando tengo hambre. Mi reino no es de este mundo, Carlos.



Pasean juntos por las vías del cercanías de Madrid, cerca de Santa Eugenia. Son las 7:37 de la mañana. Un sol frío les calienta las cabezas. Andan un poco borrachos. La noche ha sido larga. Javier ha enseñado a Carlos a pedir en el metro cantando horribles canciones pésimamente entonadas. Han bebido alcohol de botellas mal apuradas de los cubos de la basura de los garitos más selectos de la ciudad.  Javier se ha peleado con un segurata que querían que se largaran (el perro le ha mordido un pie. A él, no al segurata: “Es que se ha puesto nervioso”, le ha justificado Javier). Han hablado de  cuando eran niños, se han acordado de otros compañeros. Han rallado el deportivo a un niñato que iba armando gresca por Malasaña. Han meado en la puerta del Partido Popular porque les pillaba de paso, y en la del Partido Socialista, que estaba en la otra punta de la ciudad, para que nadie se sintiera ofendido. Han visto amanecer en la Plaza de España...

-  Una pregunta, Javier.
Carlos está muy borracho y habla despacio pronunciando lo indispensable para no caerse al suelo.

-  Dime.
-  ¿Por qué empujas el carrito éste de los cartones por todas partes? ¿No dices que no necesitas nada?
-  Por respeto a la humanidad.
-  ¿Qué?- dice Carlos, descojonado de la risa.
-  Sí, están todos tan ocupados que sería absurdo que yo no hiciera nada. Así que echo a rodar mi carrito, no teniendo otra cosa en qué ocuparme.
-  Estás fatal- responde Carlos-. Por cierto, ¿dónde vamos por estas vías? Veo venir un tren, vamos apartándonos, no nos atropelle.

-  Pues sí que tienes tú claro que quieres morir.

Vuelven a reír. Los perros les siguen a distancia, olisqueando la basura de las vías. Le digo a Carlos que esta noche ha merecido la pena. No parece escucharme. Al menos no me responde.



Carlos se ha caído al suelo del susto. La segunda explosión ha sonado muy cerca. La columna de fuego que flamea ante él lo tiene hipnotizado. La primera explosión fue más lejana, hace menos de un minuto. El tren suena cada vez más cerca y Carlos se sitúa en medio de la vía haciéndole señas para que se pare. No sé si el conductor le está viendo.

Me pitan los oídos a pesar de que no puedo oír nada. Cuando el tren ha explotado me he caído al suelo. Algunas piezas de metal carbonizado caen a mi alrededor. Veo a Javier correr hacia los restos del vagón. Tengo que levantarme. Tengo que ir tras él; pero todo me parece un sueño.

-  Corre, Carlos, ayúdale. Hay mucha gente muerta... y herida.

Lo intento. Mis piernas caminan solas. Empujadas no por mí. Estoy seguro. Que no sé ni lo que hago. Creo que anoche en el puente me oía pensar así, me sentía envuelto en las mismas brumas. Mi corazón palpita incesante, pero la sangre no me llega a la cabeza, como si fuera una ametralladora descargada...

Un niño. Un niño está llorando. Oigo más lamentos y gritos. Pero el llanto de un niño me taladra. Está ahí. En ese vagón sin techo donde vuelan las llamas. Es pequeño, está cubierto de sangre. De muertos. Tengo que ayudarle. Voy a ayudarle.


Carlos se ha enrollado la chaqueta a la cabeza. Trata de pasar al vagón por una cortina de humo negro cuando aparece Javier y lo lanza contra el suelo. Carlos patalea tratando de desembarazarse de él. El niño sigue llorando mientras las llamas lo arrinconan. Javier se ríe. Sí, se ríe.

-  ¡Déjalo morir!-dice-. La vida no vale nada, ¿no? -le pregunta mientras le sujeta con su cuerpo contra el suelo y le raspa el pelo molestamente con el nudillo, como hacía cuando eran pequeños y se burlaba de él.
-  ¡¿Qué éstas haciendo Javier?! ¡Déjame! ¡Deja que lo saque!
-  A lo mejor no tiene otra opción de morir. A lo mejor quiere morir y no se atreve. ¡Cómo tú!

Carlos forcejea, pero se siente cansado. El calor del fuego hace saltar un trozo de hierro y le golpea en la cabeza. Creo que nos estamos desmayando... Javier está entrando en el vagón del niño...



Una telaraña traslúcida se va rasgando hasta que consigo enfocar la mirada. Paredes blancas, goteros y olor a amoniaco. Entiendo que estoy en un hospital. Hay un médico a mi lado. No es desconocido para mí, es el doctor Torres, mi psiquiatra. ¿Qué hará aquí?

-  ¿Cómo te encuentras?
-  Bien... creo. Me siento aturdido y me duele todo el cuerpo.

Trato de levantarme pero el doctor me lo impide.

-  No hagas esfuerzos. Tienes algunas quemaduras. Y, probablemente, el aturdimiento sea por el humo que respiraste. Llevas tres días aquí, Carlos. Te has salvado por poco, ¿recuerdas lo que pasó?

-  Mis recuerdo son un poco vagos... Estaba el tren, las explosiones...
-  Ha sido un atentado terrorista, Carlos. Varios ataques a trenes. Algo horrible.
-  Recuerdo una columna de fuego. Y gritos... ¡Y el niño! Había un niño llorando.
-  Esta bien, Carlos. Le salvaste la vida.

Me cuesta enterarme de lo que me dice el doctor. Si el niño está bien, es que Javier pudo sacarlo. Yo no llegué a entrar...

-  No fui yo... Una persona entró al vagón. Un amigo mío: Javier Mercado. ¿Dónde está él?

-Sí, has estado preguntando por él estos días.

-  ¿Estos días? No recuerdo nada.
-   Estás confuso. Es normal, has estado sometido a un fuerte impacto emocional, Carlos. Cuando en el hospital te identificaron y vieron tu historial me llamaron.

-  ¿Dónde está Javier, doctor?
-  Carlos, verás, Javier...
-  ¿Qué? ¿Qué pasa con Javier?
-  Verás, deja que te explique...

No, no no puede ser, no es justo, maldita sea. No lo es, no lo es... Lloro. Lloro como un niño. Me abrazo al doctor. Debí tirarme de aquel puente, debí hacerlo.

-  ¿Está muerto? Dígame que no está muerto. Dígamelo, por favor.

-  Carlos, escúchame. Es muy importante que confíes en mí. Éste puede que sea un momento muy importante para ti, no sólo para tu salud física, me refiero. Carlos: necesito que leas una cosa.

-  Maldito loquero. Dime de una vez qué ha pasado con Javier. ¡Dímelo!

-  Todo está ahí explicado, Carlos. Todo está ahí.

Fecha: 11 de marzo de 1980
Paciente: Carlos Molina Llorente
Edad: 14 años
Estado clínico: Depresión, desdoblamiento de personalidad y brotes esquizofrénicos

El paciente evoluciona negativamente. Su inicial neurosis de angustia evoluciona en ciertos momentos hacia desdobles de personalidad y brotes esquizofrénicos. Sin resultados en el tratamiento de choque con electrodos, y habiendo agotado los demás tratamientos, pasamos a aplicar una nueva terapia experimental que consiga una defensa eficaz contra la disgregación paulatina del yo del paciente.

Nos centraremos en conversar con los personajes imaginarios que ocupan su mente con el fin de eliminarlos y estructurar su personalidad. El objetivo es ir haciéndolos desaparecer de la dicotomía vida imaginaria-vida real, mediante la hipnosis, de modo que se fabriquen “recuerdos” verosímiles para que esos personajes salgan de sus vidas.

Especial atención se prestará a uno de los personajes. Es un amigo imaginario detrás del cual exterioriza sus miedos y angustias. Conviene tener un cuidado especial, ya que en complicidad con este personaje el paciente saca a flote aquellos impulsos que tiene reprimidos, incluida la agresividad. El personaje se vuelve anárquico e incluso agresivo por momentos. El paciente se refiere a él por el nombre de Javier Mercado.


Me levanto y camino por la habitación como si esta fuese un espacio infinito. El carrito del gotero me acompaña como si fueran los perros de Javier. Quiero levantarme. Hago el intento y mis piernas me responden. Quiero acercarme a la ventana y los pies obedecen y me llevan. Miro por la ventana y el doctor Torres me pone una mano en el hombro. Todo está en silencio. Ya no oigo la voz de Carlos. Sólo la mía.