jueves, 25 de agosto de 2011

Impuesto a los ricos: La demagogia que viene

Cada decisión tomada por Rodríguez Zapatero en el último tercio de legislatura ha sido una concesión a los mercados y el neoliberalismo, a la par que un hachazo suicida al casco del buque del Partido Socialista, que confiaba en llegar a la orilla de la crisis económica todavía a flote antes de los comicios de noviembre. Pero la decisión de grabar a fuego en la piel de la Constitución el estigma ‘thatcheriano’ del techo del déficit, haciendo así fuente de derecho los dogmas ‘neocons’, ha dejado al candidato Rubalcaba atado al palo mayor y con el agua subiéndole ya por el nudo de la corbata. Así, es de esperar un golpe de efecto: un impuesto a los ricos. O sea, la demagogia que viene.

Discutía ayer con Cayo Lara esa posibilidad que ya circula por los mentideros políticos  como previsible efecto del viejo alquimista socialista para remover a los suyos, y el coordinador de IU veía con cierta expectación ese gesto que imitaría lo que ha hecho Francia esta semana (subir un 3% el gravamen de todas aquellas rentas superiores a 500.000 euros anuales). El regalo ‘rojo’ que compense el atracón de políticas ‘azules’ podría anunciarse este mismo viernes tras el Consejo de Ministros. El problema, como casi siempre, es dejarse seducir por la presentación de un bonsai cuando se están llevando los bosques.

Subir el porcentaje de tributación a los escalones altos del Impuesto sobre la Renta es una obligación moral deseable, cómo no, quién más gana más debe pagar, pero hay que tener en cuenta que tiene una escasa repercusión recaudatoria y que ahí no pagan los verdaderos ricos, que esconden su tributación en otros parajes. Para hacernos una idea, cabe decir que tan sólo 6.829 personas declararon una renta superior a los 600.000 euros, según datos tributarios de 2009, aportando poco más de 2.500 millones de euros de los 62.000 millones que recaudó el Estado en el IRPF. ¿Cuánto recaudarían con uno o dos puntos porcentuales más a esos tramos? ¿800 millones, 1.000 millones? Deseable y obligatorio imponer ese nuevo impuesto, pero eso no compensa ni resuelve absolutamente nada. Es sólo un canto de sirena electoral; la ópera se canta en otra parte.

Dónde hacer pagar a los ricos de verdad

El gran concierto del dinero que se esconde de los grandes capitales está en la evasión fiscal, en la escasa tributación de las grandes empresas y en los instrumentos con fiscalidad beneficiosa para los ricos, como son las Sicav.

Empezando por la evasión fiscal.
La evasión fiscal de las grandes fortunas y corporaciones empresariales alcanzó los 42.711 millones de euros en el último año (el 71,8% de la evasión del país), según los datos elaborados a partir de las estadísticas de IRPF que manejan los Técnicos del Ministerio de Hacienda, que se agrupan en Getsha. A esta cantidad habría que sumarle 16.621 millones de euros que evaden pymes y autónomos. Poner coto a ese desmán es gravar a los ricos de verdad. Este capítulo supone un 23% del PIB.

Luego está la tributación de las grandes empresas. La teoría es que el Impuesto de Sociedades grava con un 30% a las grandes empresas y con un 25% a las pymes. Pero, como denuncia Getsha, los ingenieros fiscales de las grandes corporaciones saben manejar las fisuras del sistema para que esa tributación sea menor. Concretamente, un tipo real del 19,5%.

Es necesario un verdadero Impuesto de Sociedades progresivo que devuelva en parte a la sociedad los recursos que se llevan estos grandes gigantes económicos. Para hacerse una idea, miremos a las empresas del IBEX 35. Ni siquiera vamos a decir que el 82% de estas empresas utiliza paraísos fiscales de alguna manera, como señala el Observatorio de Responsabilidad Corporativa; vamos a centrarnos en su aportación oficial al país. Cabe decir que las 35 grandes empresas del principal indicador de la Bolsa española, obtuvieron el pasado año un beneficio conjunto de 50.660 millones de euros, generando 1.353.110 puestos de trabajo. Es decir, sus ganancias equivalen a casi un 20% del PIB bruto de España, pese a que proporcionan únicamente un 7,4% de los puestos de trabajo del país, utilizando cifras de la Encuesta de Población Activa (EPA). Ahí están los ricos, para quien quiera gravarlos.

Y si queremos hablar seriamente de apretar las tuercas fiscales a los que más tienen, no podemos dejar de hablar de las SICAV. Los ricos no tributan con el IRPF, una vez que han maquillado los datos de sus grandes empresas desvían sus ganancias personales a las Sicav, sociedades donde depositan sus renta los Koplowitz, Del Pino, Amancio Ortega y el resto de verdaderos millonarios que se benefician de una ventajosa tributación del 1% gracias a estos instrumentos financieros. En este momento hay cerca de 3.369 Sicav, con un patrimonio que gestiona más de 27.000 millones de euros. Y no sólo eso, se supone que deben tener 100 accionistas para ser legales: Inspección de Hacienda inició en 2005 un plan de control de estas entidades y descubrió que casi todos era inversores ficticios. A partir de ahí a Hacienda le quitaron la competencia del control fiscal de estas entidades, pasándosela a la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Y nunca más se supo de las denuncias de los Inspectores, como ha denunciado en más de una ocasión Francisco de la Torre Díaz, Portavoz de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE).

Ahí están los ricos, para quien quiera buscarlos y gravarlos de verdad, y no sólo arañar un puñado de votos mostrando una mano dura que no ha existido. Ésa es la demagogia que viene. Atentos.

martes, 23 de agosto de 2011

Déficit: ¿Qué harán cuando seamos un Estado anticonstitucional?

El día que fue proclamado presidente del Gobierno fantaseaba con ser recordado como el presidente más socialdemócrata de la historia: ahora no le deja dormir la posibilidad de figurar en los libros de Historia como el hombre que manejaba las manijas cuando España tuvo que ser rescatada. Y entre esos sudores fríos que le resbalan por la mente, José Luis Rodríguez Zapatero ha culminado hoy su proceso de vampirización al acordar establecer un límite constitucional al déficit. Lo decidió con Rajoy, quien al llegar a la reunión se cruzó por el pasillo de Moncloa con los mercados y el neoliberalismo, que se limpiaban con elegancia los restos de sangre de sus labios. “Saludad a Merkel y a Sarkozy de mi parte”, dijo Rajoy antes de abrir la puerta del presidente. “Hasta pronto, Mariano”, contestaron tan lustrosos colmillos.

El Partido Socialista va a ser el encargado de grabar con fuego en la Carta Magna el neoconservadurismo, elevándolo a rango de ley sin posibilidad de debate ni referéndum en la calle, donde la mayoría de los ciudadanos no votaron la Constitución, por cuestiones de edad, ni participarán en su reforma ahora -por cuestiones de mercadocracia-, salvo que una décima parte de los diputados encuentren algo de socialdemocracia en sus venas y se opongan a este desvarío.

Imponer un déficit en las leyes (como hace Alemania, un 0,35% de su PIB) equivale a amputar los brazos del Estado que pueden contrarrestar los periodos en los que la actividad económica decrece. Es decir, por un lado estimular el crecimiento y contener el paro mediante inversión pública cuando se retrae el consumo y, por otro, fortalecer las partidas sociales que suavicen el golpe a los más débiles.  Ahora la pregunta es: ¿qué pasará cuando seamos un Estado anticonstitucional? Cabe preguntarse si esta deriva abre la puerta a privatizar la Sanidad, la Educación y otros servicios para cumplir con esa que será una nueva exigencia en las leyes. Porque el déficit no sube sólo por el gasto, sino por la falta de ingresos, y es más que probable que España no cumpla con sus objetivos presupuestarios por la anemia galopante de su crecimiento. Ni circula la sangre por las venas privadas ni por las públicas. Zapatero ha querido ser pionero de la puntilla de Europa: lo dice la última oleada de informes económicos que hablan del peligro de una nueva recesión mundial, provocada por los halcones de la austeridad pública de hoy, como denuncian eminentes economistas como Paul Krugman y Joseph Stiglitz. Curiosamente los austeros de lo público de hoy fueron los glotones del gasto financiero y privado de ayer que provocaron la recesión de 2008. Pero se imponen, el Neoliberalismo Constitucional pasará a ser asignatura obligatoria en la rama del Derecho español y comunitario.

Muerto Keynes, hablemos de juegos de poder.
Hace dos meses, Mariano Rajoy propuso esta misma medida que hoy aplica el PSOE con su visto bueno. Y Rubalcaba, el candidato de oro, criticó la “panacea” del PP y se puso irónico: “Como todos sabemos, la Constitución es una ley que se cambia fácilmente y en un plis-plas nos arregla la crisis". Todos los socialistas aplaudieron la ocurrencia. Hoy, en el mismo plis-plas extienden la alfombra por la que se coronará Rajoy en las elecciones. Pero eso es otra historia. Hablar de las elecciones es sólo un juego. ¿O es que alguien votó un programa electoral que recogiera una medida así? 

martes, 2 de agosto de 2011

Relato/ Círculos concéntricos

Qué pasaría si yo también volviera a vivir varias veces mi propia vida... Me pregunto si tendría la misma personalidad o sería otra persona con el mismo traje de piel y músculos. A lo mejor no podría ser de otra manera o, quizá, la voz con que me hablo se haya ido inventando en torno a decisiones tomadas por casualidad que habrían sido otras si me hubiera levantado de peor humor o hubiese hecho sol en vez de frío cuando las tomé. ¿Si naciera seis veces elegiría ser siempre yo? No sé, a lo mejor estamos determinados por hilos invisibles que tenemos cosidos a pies y manos, o quizá sólo seamos puntos dibujados en un gran dado agitado caprichosamente. Diréis que estos pensamientos no son muy normales en un velatorio a las tres de la mañana, pero si hubierais conocido a mi abuelo no pararíais de haceros las mismas preguntas: porque él tuvo siete vidas, como los gatos. Y no es una frase hecha: ha muerto poco después de comenzar la octava, siendo sólo un niño.
La primera vida de mi abuelo se supone que fue la normal. Tuvo una infancia relativamente feliz para su época, estudió y  trabajó, conoció a mi abuela, se casó, tuvo hijos, luego nietos... Una vida más entre otras miles de millones que se apagó más o menos lentamente a los 67 años aunque lo vayamos a enterrar ahora que tiene 92. Pero éste no es ese abuelo. Es... otro; el mismo, quizá.

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzó todo. Puede que empezara el día en que olvidó cerrar el gas de la cocina, o cuando no recordó dónde había aparcado el coche, o aquel día en que salió a la calle y no recordaba para qué. El caso es que los médicos le dieron un diagnóstico demoledor: tenía Alzheimer.

La noticia fue un mazazo para la familia, que tuvo que asistir a la paulatina degradación del abuelo. Él fue desapareciendo ante la mirada de todos. La persona cabal que fue se desorientaba por la calle, no sabía volver a casa y con el paso del tiempo dejó de reconocer a los amigos y familiares. Pronto se olvido hasta de la abuela Panocha y, al poco tiempo, a él mismo ante el espejo. En apenas dos años, en lo que los médicos llamaron última fase de la enfermedad, mi abuelo se convirtió en un ser casi inmóvil, con escasos momentos de consciencia que también cesaron hasta quedar en un estado de ausencia definitiva, casi vegetal. Postrada su inconsciencia a una terrible posición fetal, no quedaba sino esperar su muerte. Pero un día, cuando hasta la respiración se le olvidaba, rompió a llorar dando comienzo a su extraordinaria historia.

Nunca antes la medicina registró un caso de mejoría llegados a esta fase de la enfermedad. Al principio, ningún miembro de la familia se percató de los sutiles primeros signos de recuperación. Hace un rato, en uno de los corrillos del velorio, mi madre contaba a la tía Paquita como momentos antes de que el abuelo despertara creyó ver en él un leve movimiento en los ojos. Pensó que lo había imaginado. Pero unas horas después vio arrugarse su entrecejo, como si estuviese soñando y, de repente, el abuelo comenzó a llorar, “como un niño”, relató mi madre. Los médicos entraron en la sala del hospital y se quedaron estupefactos.

La evolución del abuelo en el primer mes de su despertar dejo incrédulos a los doctores. El abuelo se movía, comía, emitía balbuceos y gimoteaba. Para la familia no fue mucho alivio, ya que presentaba un cuadro de demencia senil absoluto, pero los médicos explicaron que, desde un punto de vista médico, tenía una importancia increíble: el escáner mostraba una regeneración neuronal. Algo nunca visto.

Nadie pensó que la mejoría del abuelo pudiera pasar de allí. Pero lo hizo. Un día, mientras mi madre lo bañaba, el abuelo soltó un “mamá” que dejó a la pobre mujer con los ojos como platos, mucho más que cuando lo dije yo por primera vez (no hacía mucho, pues en esa época yo tenía tres años).  ¡Jo, cómo gateaba el abuelo! He visto vídeos familiares en los que salimos los dos echando carreras a cuatro patas por el pasillo de casa y también jugando en la alfombra a los cochecitos y a las piezas del mecano. La edad mental de mi abuelo era la de un niño de mi edad, explicó su médico, quien recomendó a mis padres que, por penoso que pareciera, le dejaran desarrollar esas inquietudes infantiles que su mente reclamaba. Que era bueno para él.

Guardo un gran recuerdo de ese abuelo. Creo que fue mi mejor amigo de la infancia. Con esa capacidad que tienen los niños para aceptar las cosas que tienen delante, no me pareció raro pelearme con mi abuelo por un juguete o hacer trastadas juntos. Recuerdo un día en que liamos una bien gorda. Nos encontramos un mechero jugando en el parque y nos lo escondimos en el pantalón, sin que ni mamá ni la abuela Panocha se dieran cuenta. Cuando nos quedamos solos en casa, nos pusimos a investigar para qué servía eso. ¡Quemamos las cortinas del salón! Cuando nos sorprendieron ardían mientras nos reíamos sin parar. Nos llevamos una buena tunda. Aunque mi abuelo me echaba la culpa a mí ¡Jo, qué cabrón el abuelo!

Luego mi relación con ese abuelo se distanció. Ante el asombro de la comunidad científica, que seguía su caso con enorme interés, el estado neuronal del abuelo evolucionaba rápido. Tanto que, pasados tres años, los resultados que arrojaba el escáner eran de una normalidad absoluta. Sus neuronas estaban perfectamente bien. Y mentalmente él siguió digamos que creciendo a un ritmo en que los días parecían meses y los meses años. Su comportamiento pasó por el de un adolescente enamoradizo, luego por el de un hombre calmado y luego se estabilizó en el de un anciano normal y corriente. La única diferencia entre él y otro anciano era que no recordaba nada de su vida anterior ni fue consciente en ningún momento de lo que le pasaba. Pero pasados cinco años de aquel día en que rompió a llorar en el hospital, el abuelo comenzó otra vez a olvidarse de las cosas.

Los médicos no supieron a qué atribuir ni la recuperación ni la vuelta al estado previo a ella. Entró en coma otra vez. Así, entubado y mecido por el pitido pendular de una maquina que acompañaba los débiles latidos de su corazón, todos esperábamos su final. Allí, en aquella habitación de hospital, mientras mi abuela Panocha le daba la mano y sus hijos, nueras y yernos miraban al vacío en silencio, el pitido de la máquina se paró. Fueron unos segundos, ya que el abuelo volvió a despertarse. Como había hecho cinco años antes, rompió a llorar enrabietadamente.

Este segundo despertar hizo famoso su caso. Salió en la prensa, las televisiones hicieron documentales sobre él y hasta recibimos la visita de unos monjes budistas que creían ver en el abuelo la prueba a sus doctrinas teológicas. El caso es que a los pocos meses el abuelo ya volvía a comportarse como un niño otra vez y mejoraba día a día. Otra vez las neuronas amarillas en el escáner, otra vez el gatear por los pasillos -mucho más fatigado   ahora-, y otra vez el hormigueo adolescente y la madurez adulta. Y al final de ese viaje, el coma y la vuelta a despertarse. Seis veces repitió ese ciclo. Seis vidas de cinco años cada una.

La tercera vez que despertó su cuerpo tenía 80 años ya. Ese abuelo fue mi amigo de la adolescencia. A él le dije que me gustaba Luisa y con él me cogí mis primeras borracheras. En esa época yo tenía 16 años y él creía que tenía esa misma edad. ¡Qué pedales nos cogimos juntos aquel año! Lo mejor es que ni él era consciente de sus arrugas ni sus achaques, ni de lo despacio que caminaba ni del poco pelo que tenía.  Era uno más de la pandilla. Qué sé yo cómo se vería en el espejo. Supongo que le pasaría como esas personas que tienen anorexia, que aunque se les vean los huesos se siguen viendo gordas. Él se vería joven, supongo. El caso es que a mí me daba igual: era la envidia de mis amigos. Mi abuelo y yo éramos colegas. Y bebíamos y fumábamos petas juntos. Era la leche, el tío. El abuelo, quiero decir. Recuerdo una anécdota muy graciosa. Estábamos de botellón en la plaza del dos de mayo una noche, él y yo solos, allí sentados y un poco colocados. De repente, se queda en silencio mirándome y me dice: “Jesús, tengo que decirte una cosa”. Se queda callado, me mira con una tristeza enorme y suelta: “Me vas a decir que soy un pervertido o que es una jodida locura. Pero lo digo o reviento ya: me gusta la abuela Panocha, tronco”. Entre los porros y la cerveza a mí me dio por reír y le dije: “No jodas, yayo”. Yo cuando quería hacerle de rabiar, siempre le llamaba yayo, y él siempre me decía que me comprara un abuelo, que era muy pesado con el chistecito. ¡Qué bien lo pasamos en su tercera vida!

Es curioso, de todas sus vidas sólo una vez no acabó enamorado de la abuela Panocha. Todos creíamos que era el único posible amor de su vida, que si cien veces hubiera nacido, cien veces acabaría queriéndola. Ella además llevaba con esa resignación tan suya la enfermedad del abuelo y entendía sus fases con ternura, por lo general. Además le hacía mucha ilusión cuando, en un momento dado, empezaba a flirtear con ella, a decirle cosas bonitas y finalmente a declararle su amor. Pero una vez, como digo, no sucedió así. Una tarde, sería su quinta adultez, el abuelo se presentó con una mujer en casa, decía que se habían conocido en un parque y que llevaban saliendo unas semanas. Mi abuela Panocha montó en cólera y sacó a esa señora por los pelos de la casa. ¡Qué lío! No podíamos separarlas y llego hasta la policía a casa. Ese abuelo nunca nos perdonó lo que pasó. No entendía nada.

Bueno, pues ya está amaneciendo. Qué sol más frío entra por la ventana del tanatorio... Esta vez va de verdad, ¿no, abuelo? No vas a echarte a llorar y nos vamos a ir a casa a darte un biberón... En fin, voy a echar de menos a todos esos abuelos que me acompañaron en los momentos más importantes de mi vida. A veces lo hizo como una persona alegre, otras tristón, unas veces me animaba a ser un soñador como él y otras vidas me instaba a tener los pies en el suelo y a ser más pragmático... No parecía que naciera siempre la misma persona, pero lo cierto es que yo no sería igual si él y su enfermedad no hubieran venido conmigo hasta aquí en estos 25 años. Yo con 27 años recién cumplidos y tú con 92... ¡Menuda pareja hemos hecho!

Parece que es la hora. Empieza a acercarse la gente y a rodear al abuelo porque ya vienen dos trabajadores a cerrar el ataúd. Hay un silencio que me ahoga, importunado sólo por algunos sollozos mal reprimidos. Un momento... ¿ha arrugado el abuelo la frente?... No, no lo ha hecho. Se lo llevan. Adiós, abuelo.