martes 18 de octubre de 2011

Relato/ ¡Zwilligen, zwillingen!

¡Zwilligen, zwillingen!
Y esa noche el Ángel de la Muerte desapareció para siempre, no volvimos a saber de él


Al despegar los párpados el mundo estaba a oscuras, como siempre.  Se incorporó hundiendo sus pies desnudos en el suelo metalizado y frío, y como una metáfora de sí mismo se preguntó si aquella mañana debería volver a respetar la voluntad de los dioses cumpliendo con la única cosa que podía hacerse en su cuadriculado y vacío planeta: recorrer a tientas el mundo, de vértice a vértice, para tirar de ese cordón que lo sacara de la oscuridad. Por única posible, ésa tenía que ser su misión: llevar luz al universo que lo delimitaba; un absurdo y diáfano mundo de cuatro bordes horizontales separados por quince metros de suelo  y un cielo del mismo tamaño cubierto por un espejo que moría en los bordes y le devolvía su imagen desnuda, la certeza visual de su existencia.

Se sintió inmediatamente triste al comprobar que seguía solo en su reducido planeta. Siempre se ponía así cuando soñaba que tenía la compañía de aquel niño, ese otro ser igual a él hacía tan sólo unos años, cuando era más pequeño. Durante años rezó a los dioses para que lo sacaran de su soledad inmarchitable; pero nunca hubo respuesta. Los días que sucedían a ese sueño se le hacían especialmente melancólicos. Ese crío se le dibujaba siempre en la cabeza: con esa misma cara que era la suya también, el mismo pelo y la misma mirada llorona. Iba agarrado a la mano de otro ser que, si bien tenía cierto parecido, era distinto, más alto y arrugado y con la cabeza poblada de un pelo largo y blanco. Schapire sabía que ese niño no era él, pues aun  poseyendo su mismo rostro no veía por sus mismos ojos. En el sueño sentía que su conciencia observaba al niño desde la otra mano de aquel hombre, quien parecía llevarlos a alguna parte.

En ese mundo sin ocupación posible, Schapire se pasaba todo el día divagando sobre sí mismo, buscándole sentido a esa vida sin estímulos. Qué razón de ser tenía que los dioses le hubiesen arrojado irremediablemente solo a ese espacio reducido y ridículo, envuelto en el más absoluto silencio y viendo pasar minutos tan largos que nunca llegaban a convertirse en horas. Era ése un planeta inmutable, donde día tras día solo ocurría un único fenómeno natural: la aparición de un extraño vapor gaseoso que anunciaba que la hora dormidera llegaría, la inconsciencia irremediable que separaba los días.

Dormir. Qué terrible era dormir. Envolver la mente en brumas y quedar a merced del destino, horas de ausencia donde lo invisible jugaba con su cuerpo. Porque había veces que después de dormir pasaban cosas. Al despertar, sucedían transformaciones. Casi siempre eran cambios casi imperceptibles o poco relevantes; partes de su cuerpo que perdían el pelo, marcas en la espalda, uñas que desaparecían o transformaciones en el cabello, que se hacía más corto. Cosas así de insignificantes. Hasta hacía seis días, cuando ocurrió un cambio excepcional y terrible.

Al principio no se percató de nada, al despertar como siempre en la oscuridad. Sólo se sentía un poco mareado y con un agudo dolor de cabeza. Tenía la sensación de haber dormido mucho tiempo... En ese despertar desorientado y somnoliento buscó el cordel para encender la luz, como cada mañana. Cuando tiró de él miró hacia el suelo para no cegarse. Enseguida se alarmó: no veía bien. Al intentar fijar su vista en el espejo del techo descubrió antes su expresión horrorizada que el motivo de su horror: uno de sus ojos había desaparecido de su rostro.

Creyó enloquecer. Se golpeó contra las paredes gritando y blasfemando contra el capricho de los dioses, ensangrentándose las uñas tratando de trepar por las desnudas paredes, queriendo llegar a ese cielo de agua dura donde moraban los invisibles hacedores de sus desdichas. Quería arrancarles los ojos como habían hecho con él. Todo el día trató de sofocar un llanto que le nacía desde las entrañas de sus propias entrañas; hasta que cayó dormido, antes incluso de que apareciera ese inexplicable vapor.

Los días siguientes los pasó mirando a los ojos de la oscuridad. Negándose a encender la luz, queriendo ofender a los dioses, mostrarles su desprecio. Agazapado en la penumbra se preguntaba si habría otros mundos en alguna parte, con otros seres solitarios como él o como los que se aparecían en sus sueños. Sus pensamientos rebotaban vanamente en las paredes, volviéndole a atravesar como flechas infinitas, tal que si estuviera hecho de un aire inabarcable.

Esta mañana la furia estaba ya más aplacada y, según se evaporaba, la rabia iba dando paso al miedo. Miedo a los dioses, a su venganza. Se quedó quieto, olfateando su propio terror. Pero el aire le sabía a una densidad extraña. A malos presagios. A un peso desconocido. Sintió que el miedo a un cambio terrible se abría paso en círculos por su vientre. Un escalofrío le recorría el cuerpo, como si la humedad de una lengua se pasease por su nuca. Decidió entonces que era hora de recorrer el mundo y volver a encender la luz.

Se incorporó y palpó la pared, recorriendo de lado a lado su superficie para hallar el centro del muro. Allí debería dar ocho pasos adelante y llegar al otro borde, donde se hallaba el cordel. Un paso, luego otro y otro más le llevaban a su destino. Sólo tenía que seguir avanzando  con las manos estiradas para alcanzar el cordón y hacer la luz. No había recorrido la mitad de ese espacio cuando algo le rozó.

Saltó hacia atrás ferozmente. Gritaba asustado y escuchaba gritos. Se golpeó con la pared tratando de escapar de esa masa con la que había chocado. “Qué sucedía”, se preguntó. Lo que fuera que hubiese chocado con él estaba vivo porque lo oía moverse por el suelo. Esa criatura chocaba furiosamente contra los bordes del mundo. La oía gritar y creía oírse gritar a sí mismo en esa voz. El corazón comenzó a bombearle la sangre con violencia, como si también quisiera escapar de allí. “¿Qué era aquello?”, se gritó por dentro mientras palmeteaba la pared descontroladamente en busca de la cuerda, con la esperanza de que la llegada de la luz hiciera desaparecer a ese ser.  Pero no la encontraba. Extendía la mano a un lado y otro de la pared desesperadamente, sintiendo que esa cosa le buscaba por el espacio y trataba de alcanzarlo con sus garras. Entonces las puntas de sus dedos tocaron el cordón. Y al estirar, la luz lo invadió todo. Encontrándose cara a cara con aquella criatura.

Ambos se quedaron paralizados, con la respiración encarcelada en los pulmones. Tan pegados a la pared que temieron disolverse en los muros y desaparecer. En el espejo del cielo quedaron reflejados, el uno frente al otro, exactamente iguales. Como dos gotas de agua. Schapire temblaba, no pudiendo creer en lo que veía. Era un ser humano como él; en realidad, era él sin serlo. Como el niño de su sueño… ¡Era el niño que aparecía en sus sueños!

Pasaron unos minutos observándose en la lejanía, bordeando ambos el cuadriculado planeta y tratando de aceptar lo que veían sus ojos. Al rato comenzaron a acercarse el uno al otro. Lentamente. Con tanto miedo como curiosidad. Rodearon sus cuerpos desnudos como en una danza exploradora; olisqueándose y tocando con la yema de los dedos sus pieles. Convenciéndose de que eran reales.

Schapire miró esas piernas y brazos idénticos a los suyos. El mismo pelo. Repasó con la mirada el rostro de ese chico. El parecido era extraordinario: sus labios tenían la misma forma, su nariz… y sus ojos. Un ojo marrón y en el otro, una cuenca vacía. ¡También había sido desposeído de su ojo! Pero… no del mismo.  A él le faltaba el izquierdo y a ese joven el derecho. Entonces se sintieron cercanos, como si siempre hubieran sabido que ese otro ser igual a ellos existía. Schapire comprendió que ese joven también había soñado con él alguna vez. Y una sonrisa brotó de sus labios mientras la niebla gaseosa iba inundando la habitación hasta caer ambos dormidos en el suelo.

Un parpadeo descontrolado indicó a Schapire que estaba despertándose. No se atrevía a abrir su ojo todavía y encontrarse con ese joven. Se sentía ilusionado y expectante. Estaba deseoso de saber más sobre ese semejante que los dioses le habían enviado para que no estuviese solo en el mundo, ese ser con quien podría comunicarse y compartir su existencia. Ahora tenía sentido haber perdido ese ojo: ¡Los dioses lo necesitaban para crear otro ser como él! Todo encajaba por primera vez en su vida.

Envuelto en estos pensamientos, respiró hondo y se dispuso a salir de su disfraz de dormido para saludar a su compañero. Al enfocar su único ojo sobre el cielo se dio cuenta de que por primera vez en su vida la luz estaba encendida al despertarse. Supuso que la habría encendido el otro joven... Trató de levantarse, hizo el gesto de impulsar su tronco hacia arriba; pero no pudo hacerlo. Era como si pesara muchísimo, así que se dispuso a impulsarse con más fuerza. Sintió un profundo dolor al tiempo que escuchaba el grito del otro joven, tumbado junto a él.

Ambos se miraron con horror y trataron  de saltar hacia el lado contrario del otro. Pero no pudieron separarse. Donde la noche anterior acababa el cuerpo de cada uno comenzaba ahora la piel del otro. El brazo izquierdo de Schapire se encontraba en el lado opuesto de aquel joven, y el brazo derecho de éste en su lado. En el espejo del techo pudieron ver cómo estaban unidos por el centro del torso, donde una línea fronteriza de piel y músculos semejaba una trinchera donde un cuerpo parecía tratar de devorar al otro en un esfuerzo por no desaparecer.

Primero se golpearon el uno al otro, culpabilizándose de lo que había ocurrido. Después lloraron y se negaron a mirarse, cada uno ladeando la cabeza hacia el rincón que lo liberase de la visión del otro. Pasaron varias horas así metidos en sus pensamientos, comprendiendo que ninguno de los dos tenía la culpa de lo sucedido. Un sentimiento vago recorría su ya único cuerpo: no se sentían diferentes, como si compartir ese espacio y ese cuerpo no les resultara extraño del todo.

Así pasaron el día, conmocionados, tratando de encontrar un motivo a todo esto. Recostados sobre el suelo, Schapire no entendía cómo los dioses habían tergiversado sus deseos de esa manera, cosiéndolo a su nuevo compañero. Miraba al espejo y se veía monstruoso al observar ese cordón de carne anudada que le recordaba sobremanera al que disponía para llevar la luz al mundo y que se negó a utilizar esos días. Qué cruel venganza, se dijo. Pero, mientras se escudriñaba en el espejo vio aparecer un fino pelo que comenzaba a rajar su cara. No sentía nada, pero veía esa grieta bajarle por los pómulos y recorrer la garganta y después el pecho, como si algo estuviera abriéndose paso desde dentro de sí mismo. Y continuaba bajando, por la pierna, el tobillo y el pie, y para mayor sorpresa de Schapire seguía su camino aunque no quedara cuerpo que recorrer. La grieta no estaba en su cuerpo: ¡estaba en el cielo!  Se abría paso como una puñalada por el mundo y al llegar al final, el cielo acristalado se cayó en pedazos. Entonces el planeta comenzó a temblar y a agrietarse, envuelto en unos estruendos sonoros espantosos. Parecía que el mundo se iba a acabar así como acto supremo de la venganza divina.

Pero los temblores cesaron. Y todo quedó en silencio. Ambos se levantaron en un solo impulso vital y comenzaron a caminar, acostumbrándose a moverse como uno solo. De repente, vieron como una parte de uno de los muros se abría y emergía de él un ser, como ellos aunque no idéntico. No sabían si era humano o divino. Sólo articuló unos sonidos ininteligibles y les hizo gestos para que le acompañaran.

De modo que caminaron tras él, asustados y en silencio, siguiéndolo por un pasadizo frío y oscuro. Al final, el pasillo se empinaba y al fondo se veía una luz. Llegaron a tocar esa luz, que era caliente y enorme. Y emergieron a una nueva superficie. Se vieron a sí mismos caminar sobre un vasto mundo, abriéndose paso por un suelo de textura desconocida; blanda y pegajosa. Sobre ellos se alzaba un cielo sin reflejo y de altura inabordable. Siguieron caminando el uno contra el otro o el otro contra el uno, y en su camino descubrieron cientos de seres humanos que vagaban como ellos. Estos los miraban con tristeza, y ellos, a su vez, les devolvían esa mirada piadosa, pues parecían igual de atormentados. Todos caminaban en hileras y los que no lo hacían se amontonaban sin vida en rincones llenos de alambradas.

Schapire tenía doce años cuando recorrió ese camino. A lo largo de unos pocos años después, antes de morir, esos seres que los recogieron le enseñaron a hablar y también le hablaron. Le contaron muchas cosas. Le hablaron de ese mundo donde estuvo encerrado más de diez años. Un mundo que llamaban Auschwitz.


        “Mi padre y mis otros hermanos desaparecieron en la multitud, y jamás los volvimos a ver... De pronto, apareció Mengele gritando en alemán "¡zwillingen, zwillingen!", es decir "¡gemelos, gemelos!". Se detuvo frente a nosotras y mirándonos a mi hermana y a mí, preguntó si éramos gemelas. Mi madre no sabía qué decir; sólo atinó a preguntar: "¿Es eso bueno?"
        
        “[...] El 18 de enero de 1945, con el sonido de los cañones rusos cada vez más cerca, el doctor Menguele desapareció. Fue la última vez que vimos al Ángel de la Muerte"
        Eva Mozes Kor (superviviente del campo de Concentración de Auschwitz

        El doctor Mengele experimentó con miles de seres humanos en el campo de concentración de Auschwitz. Se ha documentado que al menos una vez trató de crear  unos siameses uniendo a unos gemelos.