Qué pasaría si yo también volviera a vivir varias veces mi propia vida... Me pregunto si tendría la misma personalidad o sería otra persona con el mismo traje de piel y músculos. A lo mejor no podría ser de otra manera o, quizá, la voz con que me hablo se haya ido inventando en torno a decisiones tomadas por casualidad que habrían sido otras si me hubiera levantado de peor humor o hubiese hecho sol en vez de frío cuando las tomé. ¿Si naciera seis veces elegiría ser siempre yo? No sé, a lo mejor estamos determinados por hilos invisibles que tenemos cosidos a pies y manos, o quizá sólo seamos puntos dibujados en un gran dado agitado caprichosamente. Diréis que estos pensamientos no son muy normales en un velatorio a las tres de la mañana, pero si hubierais conocido a mi abuelo no pararíais de haceros las mismas preguntas: porque él tuvo siete vidas, como los gatos. Y no es una frase hecha: ha muerto poco después de comenzar la octava, siendo sólo un niño.
La primera vida de mi abuelo se supone que fue la normal. Tuvo una infancia relativamente feliz para su época, estudió y trabajó, conoció a mi abuela, se casó, tuvo hijos, luego nietos... Una vida más entre otras miles de millones que se apagó más o menos lentamente a los 67 años aunque lo vayamos a enterrar ahora que tiene 92. Pero éste no es ese abuelo. Es... otro; el mismo, quizá.
Nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzó todo. Puede que empezara el día en que olvidó cerrar el gas de la cocina, o cuando no recordó dónde había aparcado el coche, o aquel día en que salió a la calle y no recordaba para qué. El caso es que los médicos le dieron un diagnóstico demoledor: tenía Alzheimer.
La noticia fue un mazazo para la familia, que tuvo que asistir a la paulatina degradación del abuelo. Él fue desapareciendo ante la mirada de todos. La persona cabal que fue se desorientaba por la calle, no sabía volver a casa y con el paso del tiempo dejó de reconocer a los amigos y familiares. Pronto se olvido hasta de la abuela Panocha y, al poco tiempo, a él mismo ante el espejo. En apenas dos años, en lo que los médicos llamaron última fase de la enfermedad, mi abuelo se convirtió en un ser casi inmóvil, con escasos momentos de consciencia que también cesaron hasta quedar en un estado de ausencia definitiva, casi vegetal. Postrada su inconsciencia a una terrible posición fetal, no quedaba sino esperar su muerte. Pero un día, cuando hasta la respiración se le olvidaba, rompió a llorar dando comienzo a su extraordinaria historia.
Nunca antes la medicina registró un caso de mejoría llegados a esta fase de la enfermedad. Al principio, ningún miembro de la familia se percató de los sutiles primeros signos de recuperación. Hace un rato, en uno de los corrillos del velorio, mi madre contaba a la tía Paquita como momentos antes de que el abuelo despertara creyó ver en él un leve movimiento en los ojos. Pensó que lo había imaginado. Pero unas horas después vio arrugarse su entrecejo, como si estuviese soñando y, de repente, el abuelo comenzó a llorar, “como un niño”, relató mi madre. Los médicos entraron en la sala del hospital y se quedaron estupefactos.
La evolución del abuelo en el primer mes de su despertar dejo incrédulos a los doctores. El abuelo se movía, comía, emitía balbuceos y gimoteaba. Para la familia no fue mucho alivio, ya que presentaba un cuadro de demencia senil absoluto, pero los médicos explicaron que, desde un punto de vista médico, tenía una importancia increíble: el escáner mostraba una regeneración neuronal. Algo nunca visto.
Nadie pensó que la mejoría del abuelo pudiera pasar de allí. Pero lo hizo. Un día, mientras mi madre lo bañaba, el abuelo soltó un “mamá” que dejó a la pobre mujer con los ojos como platos, mucho más que cuando lo dije yo por primera vez (no hacía mucho, pues en esa época yo tenía tres años). ¡Jo, cómo gateaba el abuelo! He visto vídeos familiares en los que salimos los dos echando carreras a cuatro patas por el pasillo de casa y también jugando en la alfombra a los cochecitos y a las piezas del mecano. La edad mental de mi abuelo era la de un niño de mi edad, explicó su médico, quien recomendó a mis padres que, por penoso que pareciera, le dejaran desarrollar esas inquietudes infantiles que su mente reclamaba. Que era bueno para él.
Guardo un gran recuerdo de ese abuelo. Creo que fue mi mejor amigo de la infancia. Con esa capacidad que tienen los niños para aceptar las cosas que tienen delante, no me pareció raro pelearme con mi abuelo por un juguete o hacer trastadas juntos. Recuerdo un día en que liamos una bien gorda. Nos encontramos un mechero jugando en el parque y nos lo escondimos en el pantalón, sin que ni mamá ni la abuela Panocha se dieran cuenta. Cuando nos quedamos solos en casa, nos pusimos a investigar para qué servía eso. ¡Quemamos las cortinas del salón! Cuando nos sorprendieron ardían mientras nos reíamos sin parar. Nos llevamos una buena tunda. Aunque mi abuelo me echaba la culpa a mí ¡Jo, qué cabrón el abuelo!
Luego mi relación con ese abuelo se distanció. Ante el asombro de la comunidad científica, que seguía su caso con enorme interés, el estado neuronal del abuelo evolucionaba rápido. Tanto que, pasados tres años, los resultados que arrojaba el escáner eran de una normalidad absoluta. Sus neuronas estaban perfectamente bien. Y mentalmente él siguió digamos que creciendo a un ritmo en que los días parecían meses y los meses años. Su comportamiento pasó por el de un adolescente enamoradizo, luego por el de un hombre calmado y luego se estabilizó en el de un anciano normal y corriente. La única diferencia entre él y otro anciano era que no recordaba nada de su vida anterior ni fue consciente en ningún momento de lo que le pasaba. Pero pasados cinco años de aquel día en que rompió a llorar en el hospital, el abuelo comenzó otra vez a olvidarse de las cosas.
Los médicos no supieron a qué atribuir ni la recuperación ni la vuelta al estado previo a ella. Entró en coma otra vez. Así, entubado y mecido por el pitido pendular de una maquina que acompañaba los débiles latidos de su corazón, todos esperábamos su final. Allí, en aquella habitación de hospital, mientras mi abuela Panocha le daba la mano y sus hijos, nueras y yernos miraban al vacío en silencio, el pitido de la máquina se paró. Fueron unos segundos, ya que el abuelo volvió a despertarse. Como había hecho cinco años antes, rompió a llorar enrabietadamente.
Este segundo despertar hizo famoso su caso. Salió en la prensa, las televisiones hicieron documentales sobre él y hasta recibimos la visita de unos monjes budistas que creían ver en el abuelo la prueba a sus doctrinas teológicas. El caso es que a los pocos meses el abuelo ya volvía a comportarse como un niño otra vez y mejoraba día a día. Otra vez las neuronas amarillas en el escáner, otra vez el gatear por los pasillos -mucho más fatigado ahora-, y otra vez el hormigueo adolescente y la madurez adulta. Y al final de ese viaje, el coma y la vuelta a despertarse. Seis veces repitió ese ciclo. Seis vidas de cinco años cada una.
La tercera vez que despertó su cuerpo tenía 80 años ya. Ese abuelo fue mi amigo de la adolescencia. A él le dije que me gustaba Luisa y con él me cogí mis primeras borracheras. En esa época yo tenía 16 años y él creía que tenía esa misma edad. ¡Qué pedales nos cogimos juntos aquel año! Lo mejor es que ni él era consciente de sus arrugas ni sus achaques, ni de lo despacio que caminaba ni del poco pelo que tenía. Era uno más de la pandilla. Qué sé yo cómo se vería en el espejo. Supongo que le pasaría como esas personas que tienen anorexia, que aunque se les vean los huesos se siguen viendo gordas. Él se vería joven, supongo. El caso es que a mí me daba igual: era la envidia de mis amigos. Mi abuelo y yo éramos colegas. Y bebíamos y fumábamos petas juntos. Era la leche, el tío. El abuelo, quiero decir. Recuerdo una anécdota muy graciosa. Estábamos de botellón en la plaza del dos de mayo una noche, él y yo solos, allí sentados y un poco colocados. De repente, se queda en silencio mirándome y me dice: “Jesús, tengo que decirte una cosa”. Se queda callado, me mira con una tristeza enorme y suelta: “Me vas a decir que soy un pervertido o que es una jodida locura. Pero lo digo o reviento ya: me gusta la abuela Panocha, tronco”. Entre los porros y la cerveza a mí me dio por reír y le dije: “No jodas, yayo”. Yo cuando quería hacerle de rabiar, siempre le llamaba yayo, y él siempre me decía que me comprara un abuelo, que era muy pesado con el chistecito. ¡Qué bien lo pasamos en su tercera vida!
Es curioso, de todas sus vidas sólo una vez no acabó enamorado de la abuela Panocha. Todos creíamos que era el único posible amor de su vida, que si cien veces hubiera nacido, cien veces acabaría queriéndola. Ella además llevaba con esa resignación tan suya la enfermedad del abuelo y entendía sus fases con ternura, por lo general. Además le hacía mucha ilusión cuando, en un momento dado, empezaba a flirtear con ella, a decirle cosas bonitas y finalmente a declararle su amor. Pero una vez, como digo, no sucedió así. Una tarde, sería su quinta adultez, el abuelo se presentó con una mujer en casa, decía que se habían conocido en un parque y que llevaban saliendo unas semanas. Mi abuela Panocha montó en cólera y sacó a esa señora por los pelos de la casa. ¡Qué lío! No podíamos separarlas y llego hasta la policía a casa. Ese abuelo nunca nos perdonó lo que pasó. No entendía nada.
Bueno, pues ya está amaneciendo. Qué sol más frío entra por la ventana del tanatorio... Esta vez va de verdad, ¿no, abuelo? No vas a echarte a llorar y nos vamos a ir a casa a darte un biberón... En fin, voy a echar de menos a todos esos abuelos que me acompañaron en los momentos más importantes de mi vida. A veces lo hizo como una persona alegre, otras tristón, unas veces me animaba a ser un soñador como él y otras vidas me instaba a tener los pies en el suelo y a ser más pragmático... No parecía que naciera siempre la misma persona, pero lo cierto es que yo no sería igual si él y su enfermedad no hubieran venido conmigo hasta aquí en estos 25 años. Yo con 27 años recién cumplidos y tú con 92... ¡Menuda pareja hemos hecho!
Parece que es la hora. Empieza a acercarse la gente y a rodear al abuelo porque ya vienen dos trabajadores a cerrar el ataúd. Hay un silencio que me ahoga, importunado sólo por algunos sollozos mal reprimidos. Un momento... ¿ha arrugado el abuelo la frente?... No, no lo ha hecho. Se lo llevan. Adiós, abuelo.
La primera vida de mi abuelo se supone que fue la normal. Tuvo una infancia relativamente feliz para su época, estudió y trabajó, conoció a mi abuela, se casó, tuvo hijos, luego nietos... Una vida más entre otras miles de millones que se apagó más o menos lentamente a los 67 años aunque lo vayamos a enterrar ahora que tiene 92. Pero éste no es ese abuelo. Es... otro; el mismo, quizá.
Nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzó todo. Puede que empezara el día en que olvidó cerrar el gas de la cocina, o cuando no recordó dónde había aparcado el coche, o aquel día en que salió a la calle y no recordaba para qué. El caso es que los médicos le dieron un diagnóstico demoledor: tenía Alzheimer.
La noticia fue un mazazo para la familia, que tuvo que asistir a la paulatina degradación del abuelo. Él fue desapareciendo ante la mirada de todos. La persona cabal que fue se desorientaba por la calle, no sabía volver a casa y con el paso del tiempo dejó de reconocer a los amigos y familiares. Pronto se olvido hasta de la abuela Panocha y, al poco tiempo, a él mismo ante el espejo. En apenas dos años, en lo que los médicos llamaron última fase de la enfermedad, mi abuelo se convirtió en un ser casi inmóvil, con escasos momentos de consciencia que también cesaron hasta quedar en un estado de ausencia definitiva, casi vegetal. Postrada su inconsciencia a una terrible posición fetal, no quedaba sino esperar su muerte. Pero un día, cuando hasta la respiración se le olvidaba, rompió a llorar dando comienzo a su extraordinaria historia.
Nunca antes la medicina registró un caso de mejoría llegados a esta fase de la enfermedad. Al principio, ningún miembro de la familia se percató de los sutiles primeros signos de recuperación. Hace un rato, en uno de los corrillos del velorio, mi madre contaba a la tía Paquita como momentos antes de que el abuelo despertara creyó ver en él un leve movimiento en los ojos. Pensó que lo había imaginado. Pero unas horas después vio arrugarse su entrecejo, como si estuviese soñando y, de repente, el abuelo comenzó a llorar, “como un niño”, relató mi madre. Los médicos entraron en la sala del hospital y se quedaron estupefactos.
La evolución del abuelo en el primer mes de su despertar dejo incrédulos a los doctores. El abuelo se movía, comía, emitía balbuceos y gimoteaba. Para la familia no fue mucho alivio, ya que presentaba un cuadro de demencia senil absoluto, pero los médicos explicaron que, desde un punto de vista médico, tenía una importancia increíble: el escáner mostraba una regeneración neuronal. Algo nunca visto.
Nadie pensó que la mejoría del abuelo pudiera pasar de allí. Pero lo hizo. Un día, mientras mi madre lo bañaba, el abuelo soltó un “mamá” que dejó a la pobre mujer con los ojos como platos, mucho más que cuando lo dije yo por primera vez (no hacía mucho, pues en esa época yo tenía tres años). ¡Jo, cómo gateaba el abuelo! He visto vídeos familiares en los que salimos los dos echando carreras a cuatro patas por el pasillo de casa y también jugando en la alfombra a los cochecitos y a las piezas del mecano. La edad mental de mi abuelo era la de un niño de mi edad, explicó su médico, quien recomendó a mis padres que, por penoso que pareciera, le dejaran desarrollar esas inquietudes infantiles que su mente reclamaba. Que era bueno para él.
Guardo un gran recuerdo de ese abuelo. Creo que fue mi mejor amigo de la infancia. Con esa capacidad que tienen los niños para aceptar las cosas que tienen delante, no me pareció raro pelearme con mi abuelo por un juguete o hacer trastadas juntos. Recuerdo un día en que liamos una bien gorda. Nos encontramos un mechero jugando en el parque y nos lo escondimos en el pantalón, sin que ni mamá ni la abuela Panocha se dieran cuenta. Cuando nos quedamos solos en casa, nos pusimos a investigar para qué servía eso. ¡Quemamos las cortinas del salón! Cuando nos sorprendieron ardían mientras nos reíamos sin parar. Nos llevamos una buena tunda. Aunque mi abuelo me echaba la culpa a mí ¡Jo, qué cabrón el abuelo!
Luego mi relación con ese abuelo se distanció. Ante el asombro de la comunidad científica, que seguía su caso con enorme interés, el estado neuronal del abuelo evolucionaba rápido. Tanto que, pasados tres años, los resultados que arrojaba el escáner eran de una normalidad absoluta. Sus neuronas estaban perfectamente bien. Y mentalmente él siguió digamos que creciendo a un ritmo en que los días parecían meses y los meses años. Su comportamiento pasó por el de un adolescente enamoradizo, luego por el de un hombre calmado y luego se estabilizó en el de un anciano normal y corriente. La única diferencia entre él y otro anciano era que no recordaba nada de su vida anterior ni fue consciente en ningún momento de lo que le pasaba. Pero pasados cinco años de aquel día en que rompió a llorar en el hospital, el abuelo comenzó otra vez a olvidarse de las cosas.
Los médicos no supieron a qué atribuir ni la recuperación ni la vuelta al estado previo a ella. Entró en coma otra vez. Así, entubado y mecido por el pitido pendular de una maquina que acompañaba los débiles latidos de su corazón, todos esperábamos su final. Allí, en aquella habitación de hospital, mientras mi abuela Panocha le daba la mano y sus hijos, nueras y yernos miraban al vacío en silencio, el pitido de la máquina se paró. Fueron unos segundos, ya que el abuelo volvió a despertarse. Como había hecho cinco años antes, rompió a llorar enrabietadamente.
Este segundo despertar hizo famoso su caso. Salió en la prensa, las televisiones hicieron documentales sobre él y hasta recibimos la visita de unos monjes budistas que creían ver en el abuelo la prueba a sus doctrinas teológicas. El caso es que a los pocos meses el abuelo ya volvía a comportarse como un niño otra vez y mejoraba día a día. Otra vez las neuronas amarillas en el escáner, otra vez el gatear por los pasillos -mucho más fatigado ahora-, y otra vez el hormigueo adolescente y la madurez adulta. Y al final de ese viaje, el coma y la vuelta a despertarse. Seis veces repitió ese ciclo. Seis vidas de cinco años cada una.
La tercera vez que despertó su cuerpo tenía 80 años ya. Ese abuelo fue mi amigo de la adolescencia. A él le dije que me gustaba Luisa y con él me cogí mis primeras borracheras. En esa época yo tenía 16 años y él creía que tenía esa misma edad. ¡Qué pedales nos cogimos juntos aquel año! Lo mejor es que ni él era consciente de sus arrugas ni sus achaques, ni de lo despacio que caminaba ni del poco pelo que tenía. Era uno más de la pandilla. Qué sé yo cómo se vería en el espejo. Supongo que le pasaría como esas personas que tienen anorexia, que aunque se les vean los huesos se siguen viendo gordas. Él se vería joven, supongo. El caso es que a mí me daba igual: era la envidia de mis amigos. Mi abuelo y yo éramos colegas. Y bebíamos y fumábamos petas juntos. Era la leche, el tío. El abuelo, quiero decir. Recuerdo una anécdota muy graciosa. Estábamos de botellón en la plaza del dos de mayo una noche, él y yo solos, allí sentados y un poco colocados. De repente, se queda en silencio mirándome y me dice: “Jesús, tengo que decirte una cosa”. Se queda callado, me mira con una tristeza enorme y suelta: “Me vas a decir que soy un pervertido o que es una jodida locura. Pero lo digo o reviento ya: me gusta la abuela Panocha, tronco”. Entre los porros y la cerveza a mí me dio por reír y le dije: “No jodas, yayo”. Yo cuando quería hacerle de rabiar, siempre le llamaba yayo, y él siempre me decía que me comprara un abuelo, que era muy pesado con el chistecito. ¡Qué bien lo pasamos en su tercera vida!
Es curioso, de todas sus vidas sólo una vez no acabó enamorado de la abuela Panocha. Todos creíamos que era el único posible amor de su vida, que si cien veces hubiera nacido, cien veces acabaría queriéndola. Ella además llevaba con esa resignación tan suya la enfermedad del abuelo y entendía sus fases con ternura, por lo general. Además le hacía mucha ilusión cuando, en un momento dado, empezaba a flirtear con ella, a decirle cosas bonitas y finalmente a declararle su amor. Pero una vez, como digo, no sucedió así. Una tarde, sería su quinta adultez, el abuelo se presentó con una mujer en casa, decía que se habían conocido en un parque y que llevaban saliendo unas semanas. Mi abuela Panocha montó en cólera y sacó a esa señora por los pelos de la casa. ¡Qué lío! No podíamos separarlas y llego hasta la policía a casa. Ese abuelo nunca nos perdonó lo que pasó. No entendía nada.
Bueno, pues ya está amaneciendo. Qué sol más frío entra por la ventana del tanatorio... Esta vez va de verdad, ¿no, abuelo? No vas a echarte a llorar y nos vamos a ir a casa a darte un biberón... En fin, voy a echar de menos a todos esos abuelos que me acompañaron en los momentos más importantes de mi vida. A veces lo hizo como una persona alegre, otras tristón, unas veces me animaba a ser un soñador como él y otras vidas me instaba a tener los pies en el suelo y a ser más pragmático... No parecía que naciera siempre la misma persona, pero lo cierto es que yo no sería igual si él y su enfermedad no hubieran venido conmigo hasta aquí en estos 25 años. Yo con 27 años recién cumplidos y tú con 92... ¡Menuda pareja hemos hecho!
Parece que es la hora. Empieza a acercarse la gente y a rodear al abuelo porque ya vienen dos trabajadores a cerrar el ataúd. Hay un silencio que me ahoga, importunado sólo por algunos sollozos mal reprimidos. Un momento... ¿ha arrugado el abuelo la frente?... No, no lo ha hecho. Se lo llevan. Adiós, abuelo.
7 comentarios:
Esta historia de verdad que me encantó, está sencillamente ¡genial!
Muchas gracias por ese rato de esparcimiento.
Poncho.
Hola Poncho. Qué bien sienta que le den a uno las gracias por escribir algo. Parece que estás hablando solo en la red y no, de repente entra alguien desconocido y te saca una sonrisa con algo de ego, un poco de corte y un mucho de satisfacción, jeje. Pues eso, que gracias a ti por leer. Me alegra mucho que te haya gustado.
Un saludo,
Jesús
Uma história de ternura e sentimento a revelar uma alma sensível.
Cinco despertares do limiar da morte seguidos de rejuvenescimento! Alguém hoje já consegue explicar como isto se deu? Acho importante saber.
E parabéns pelo relato!
Hola Zuleide,
Siento no poder responderte en portugués, ya que no hablo ni una sola palabra. Pero entiendo tu mensaje, como supongo que tú has entendido mi relato... Muchas gracias por leerlo y por tu comentario. Un abrazo.
¡Vaya!, una doblemente grata sorpresa el 'tropezar' con tu blog, Jesús. Un precios0, sensible e inteligente relato y una narrativa que pone de manifiesto que heredaste todas las neuronas más brillantes y activas del 'abuelo' en sus 7 vidas....
Gracias por este grato momento que me has proporcionado.
¡Se ha propuesto usted sacarme los colores! Mire, me ha alegrado el día un poco más. Vuelva cuando quiera!! jeje
Un saludo,
Jesús
Olá!
Desta vez eu li sobre Zapatero e os neo-liberalistas e estou aqui em solidariedade. Eles asfixiaram o Brasil por OITO anos, deixando algo entre 11 e 12% de desemprego e a economia em declínio. Naquilo que você relata nós reconhecemos a mesma crônica vivida pelo Brasil. São angústias neo-liberalistas.Até nisto eles são mecanicistas e pragmáticos. Querem repetir os erros (como a carga de impostos mal escalonada que você aponta) e colher acertos.
Para eles o Contrato Social só tem escopo: é o Estado, pelo Estado. As pessoas não existem como pessoas; são meras mantenedoras do Estado.(E deviam viver pulando de alegria por este privilégio!)
Tivemos a felicidade de afastá-los há nove anos. O que restou comprovado da experiência brasileira é uma coisa tão simples como a luz do dia: se o cidadão comum tiver dinheiro, ele constrói um mercado interno forte. Se houver emprego e renda no país,a população consome os produtos e a ilusão do capital volátil vai bater em outra porta. Vai espoliar outros miseráveis.
Mas a melhor lição extraída por nós foi justamente Fiscal. Chega um momento em que o governo tem que ter juízo e praticar a renúncia fiscal, para que as empresas continuem produzindo e as pessoas continuem comprando. É isto, ou a recessão, um contágio mental das pessoas pelo medo, doença difícil de se curar.
Neste ponto entra aquilo que você abordou. E eu completo: tem que desonerar a uns (a maioria que produz), e taxar corretamente a outros. Aquela minoria que os liberais adoram, e para a qual governam, precisa pagar seus impostos, ou ela quebra o país.
Ou será justo penalizar a população inteira, apenas porque se tem medo de cobrar a quem DEVE? Infelizmente, eles acreditam que sim. É como digo: não se pode plantar espinhos e colher maçãs.
Desculpe a pregação. Mas acabamos de aprender agora. Um abraço solidário, e boa sorte!
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