lunes 11 de julio de 2011

Rubalcaba y el sábado de resurrección

Donde todos veían un inmenso desierto de sal, el halló un vasto terreno para poner su cajón y subirse a predicar... Con los años puede que los militantes del PSOE comiencen así a relatar la intervención de Alfredo Pérez Rubalcaba en su proclamación como candidato a las elecciones. De hecho, la carpa deshilachada del circo de los socialistas -rajada por encuestas, resultados autonómicos y un liderazgo agonizante-, se ha convertido de la noche a la mañana en el teatro de los sueños. No separó las aguas porque no está para ejercicios banales, pero cuando el viejo sabio terminó de hablar ya no estaba solo: una multitud de creyentes y periodistas rodeaban su cajón.

Aun asumiendo la derrota de la política, sabiendo que está al servicio de los oráculos de los mercados y la tecnocracia de Bruselas, siendo conscientes de que sólo asistimos a una representación de guiñoles que mueven los brazos y las piernas sin que acertemos a ver los hilos de nilón cosidos a sus mangas, aun así, es imposible resistirse al encanto del eterno profesor.

R de resurrección. Ése es el golpe de efecto de Rubalcaba, uno de los políticos con más talento que ha dado este país. Sin necesitad de hacer gala de su experiencia y capacidad como gestor o de sus éxitos en la lucha contra ETA, el ya exvicepresidente impartió  doctrina como debió hacerlo Sócrates, con el semblante tranquilo y sin utilizar una voz ridícula, llena de tonos, semitonos y pausas a destiempo que los políticos (actores políticos) aprenden forzadamente en cursitos de dos tardes. Rubalcaba habla como si considerase inteligente al que escucha, aunque inmaduro aún. Él llega, abre los brazos y dice a todo el mundo que abra el libro por la página 57. Así es el Rubalcaba que explica.

R de retorno. De retorno a la izquierda.
La alquimia que desgranó Rubalcaba sabía a romanticismo de izquierda y a eficiencia de hombre de Estado, sabores imposibles que él mezcla como nadie en su probeta  de doctor en Ciencias Químicas. Así, habló de acabar la reforma financiera que tranquilice a los mercados, pero advirtió que destinarán parte de sus beneficios a la creación de empleo; prometió recuperar el impuesto de patrimonio para que los ricos paguen más impuestos; hizo guiños al 15-M; propuso una reforma electoral; un control de los planes urbanísticos de los ayuntamientos; sanidad pública sin copago y una tasa a las transacciones financieras. Los hospitales se colapsaron de pacientes con las manos rotas de aplaudir.

Erre que erre.
Un candidato así, frente a un Rajoy sin carisma ni propuestas, cuyo único valor ha sido no decir lo que quiere y dejar que el Gobierno se abrase en la crisis, es una apuesta de gran valor. El problema es que la hemeroteca es inmune a las alquimias. Entonces, se puede ver a Rubalcaba como el mismo vicepresidente del Gobierno cuyo partido ha aplicado los recortes más duros bajo el mandato de los mercados; o que ha votado en contra en el Congreso aplicar la Tasa Tobin que ahora propone; o que hace unos meses votó en contra de reformar la ley electoral que ahora predica con entusiasmo; o que se ha opuesto a la dación en pago por la hipoteca; o que fue el mismo que eliminó el impuesto de patrimonio que ahora quiere restaurar (no menciona a las Sicav, verdadero instrumento de evasión de impuestos de las grandes fortunas)... Se podrían además decir muchas cosas que faltan en su discurso (un plan de choque con fondos para contener el paro o una inversión suficiente en I+D, por ejemplo), pero es mejor quedarse con las propuestas a las que ha votado en contra, para no olvidarse de que a pesar de su luz resplandeciente y su capacidad, bajo las barbas creíbles de Rubalcaba hay más de lo mismo: una exasperante falta de credibilidad y coherencia. Pero quién quiere aguar la fiesta, a quién le importan unas sucias hemerotecas. El espectáculo debe continuar.