El sonido del timbre aún vibraba en el ambiente con un regusto de escalofrío, al menos así lo recuerdo hoy, cuando abrí la puerta y me encontré de sopetón a esos dos guardias civiles parados al otro lado de mi verja. Lo que sucedió a continuación se quedó cosido a mi memoria y aún sigue paseándose por mis momentos de silencio.
Ocurrió hace diez años. Era una tarde sin color, casi perezosa, de ésas que se mecen por las hojas del calendario sin arrugarlas ni manosearlas, como si pudiesen volver a utilizarse. Creo que leía en mi habitación, o quizá escuchara música, no lo sé, sólo estoy seguro de que dejaba morir el día sin trascendencia. Pero sobre las seis y media el minutero del reloj decidió hacerse notar. Sonó la puerta y caminé despreocupado por el pasillo. Abrí. Allí estaban ellos. Todo pasó en un breve instante, apenas el par de segundos que tardó uno de los dos hombres uniformados en inspirar el aire necesario para arrancarse a explicar qué le había hecho detenerse justamente allí, junto a su compañero -gélido y cabizbajo-, en mi barrio, en mi edificio, al otro lado de mi puerta.
A veces tengo la percepción de que el tiempo no es tan inflexible como parece, que cuando confluyen algunas circunstancias inexplicables y consigo desearlo lo suficiente, puedo contener su empuje para que viaje más lento, aunque no pueda detenerlo nunca. En aquel instante tuve esa sensación. Recuerdo las luces azules del coche oficial moviéndose implacables de un lado a otro, desentonando con el cuadro estático y casi congelado que formábamos los dos guardias civiles y yo en el umbral de mi casa. De inmediato me sentí profundamente turbado. Consternado por detalles que traspasaron mi cabeza como agujas. Detalles imperceptibles. Necesitados de horas de atención para reparar en ellos, pero cristalinos en ese estado de consciencia extraordinario en que me hallaba aunque sólo hubiese transcurrido un pestañeo de tiempo: pude sentir el ligero temblor en la mejilla del guardia que se disponía a hablar, la mirada esquiva en su compañero, el ruido de una hoja seca partiéndose bajo sus pies, un mal augurio meciéndose en la saliva del aire... Supe que algo terrible estaban a punto de anunciar.
Todo mi cuerpo se tensó para recibir un golpe seco. Aún hoy al repasar los hechos, mi puño se agarrota con la misma fuerza con que apretó aquel día el pomo de la puerta tratando de sujetar la violencia de la sangre precipitándose sobre mis sienes, como un mar picado que chocara contra los arrecifes. Embriagado por el pánico y la extraña lucidez que me permitía recorrer y escudriñar los rincones de ese instante, traté de anticipar lo que iba a suceder después. Me puse a buscar una explicación para aquella visita inquietante, ya fuese para calmar la insoportable desazón de ese segundo interminable o con la vaga certeza de que así podría hacer algo para esquivar el martillazo que se sobrevenía. Me dio por pensar que si encontraba una razón con la gravedad suficiente para justificar la presencia de la Guardia Civil en mi casa, pero que no fuese una cuchilla que se cebase con mi vida para siempre podría hacerla realidad. Si podía concebirlo podía ser verdad. Existir. ¿Un delito?, pensé. No, no podía ser, yo no había hecho nada. ¿Y mi familia? Imposible, eran buenas personas. ¡Mi familia! ¿Les habría pasado algo? Como un rayo mi cabeza recorrió mi casa, buscando por los pasillos a los míos. Mi madre, dónde estaba mi madre. En el baño, no. En su habitación tampoco. En la cocina, sí, sí, estaba allí. Se encontraba bien. ¿Y mi hermana? Sentí un puñetazo en el estomago. Por el rabillo del ojo la vi aparecer por el pasillo, presta a obedecer el llamado del timbre. No le había pasado nada. Una arruga en los labios del guardia, que tragaba saliva, me hizo percatarme de que ya movía su mandíbula. Iba a hablar. Me quedaba sin tiempo. Mis neuronas bufaban violentamente. Mi hermano, mi hermano... no hacía ni diez minutos que había hablado con él por teléfono, tenía que estar bien... ¡Joder, mi padre! Mi padre no estaba en casa. Era el único del que no sabía nada. Del que no podía asegurar que estuviese bien. Sentí volar mi cuerpo, atravesar carreteras y calles. Vi mis brazos arrancando con furia la valla de seguridad de la obra donde trabajaba mi padre. Sentí que me salían garras y trepaba como una bestia salvaje la fachada exterior de un edificio en construcción de siete alturas. Le vi a él, cayéndosele un cubo de pintura del piso de arriba, desequilibrado y arañando la basta pared que lo sujetaba a un andamio que se tambaleaba. Trataba de llegar a él...
Una fuerza infinita me agarró por el pecho arrastrándome vuelta al umbral de mi casa. Los dos guardias y yo otra vez. Y el que iba a hablar, hablando ya. La tensión de mis ojos se desplomó, y éstos enrojecieron como la caída de la tarde.
- ¿Es la casa de Rafael Palacios?, preguntó el guardia.
Me quedé petrificado. Envuelto en escalofríos, no me llegaban las palabras a la boca. Me costaba respirar mucho, como si acabase de correr una larga distancia. Finalmente me oí decir algo y acerté a levantar temblorosamente el brazo, señalando la puerta de al lado.
Los dos guardias caminaron siete pasos en dirección adonde había apuntado mi dedo. Siete pasos, los conté. Tocaron la puerta de mi vecino y salió a abrir Manuela, su mujer. Intercambiaron unas breves palabras que no llegué a escuchar. Pude ver cómo a ella le cambiaba el semblante, retorciéndose los músculos de su cara, primero, y luego los del resto de su cuerpo hasta caer al suelo de rodillas convertida en puro llanto. Más tarde me enteré de la muerte de Rafael en un accidente de tráfico.
Vi el coche de la Guardia Civil alejarse y a mi padre aparecer por la escalera. Con la ropa llena de pintura, también la cara y el pelo. Todo él de blanco satinado y con un humor de perros. Entonces lo abracé, manchándome yo también de pintura blanca. Lo abracé con fuerza, un buen rato. Se quedó de piedra, creo que no lo abrazaba desde niño. Y así seguí, agarrado a él y oliendo la pintura que lo impregnaba todo. Aliviado, alegre. Unos instantes antes, cuando seguía congelado en mi portal y Manuela caminaba hacia el coche acompañada por los dos guardias, nuestras miradas se cruzaron un momento en que el tiempo me volvió a parecer lento y pesado. En ese preciso instante comprendí que la vida sólo son instantes, gotas que caen sobre el filo de una navaja y que no elegimos el lado de la hoja por la que se escurren antes de tocarnos. Pero cuando ella me miró, me sentí extrañamente culpable de inmediato. Aún me siento así. A lo mejor es que no entendí nada.

2 comentarios:
Maravilloso. Tiene partes de un lirismo genial y la verdad es que acongoja. Manejas muy bien el lenguaje, enhorabuena.
Muchas gracias por tus palabras. Me alegra que te guste.
Un saludo,
Jesús
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