lunes 6 de junio de 2011

RELATO: El crimen del papel rosa

 El crimen del papel rosa
I
    Aquella tarde plomiza Manuel entró en casa dejando tras de sí un reguero de sudor frío que le bajaba desde la nuca a las manos y que ya había desbordado hacía rato el dique de sus bolsillos. Perseguido por su palidez, dejó abiertas de par en par las puertas del patio y de la entrada y atravesó el corredor tropezando con sus pensamientos como un fantasma que se fuese pisando la sábana. Eran las cuatro de la tarde. «Muy pronto para que esté aquí», se dijeron en silencio Luisa -su mujer- y su hija Beatriz, que tomaban café en la cocina.

    Lo temprano de su llegada no era normal. Manuel regentaba su propia ferretería y pasaba tantas horas allí como la claridad del día en su ventana. Por eso se extrañaron. Él no se marchaba mientras quedara un rayo de sol calentando el cristal y el sol no se iba mientras no lo hiciera Manuel. Era casi un trato con la vida que ese día el viejo ferretero rompió por primera vez.

    Los sesenta y dos años de Manuel subieron penosamente la escalera y caminaron con lentitud por el pasillo. Parecía que no quisiera llegar nunca al fondo del corredor y tocar la puerta de madera blanca recién pintada tras la cual esperaban su esposa y su hija. A medida que sus pasos se acercaban, silenciaron la alegre música de las cucharillas chocando contra las tazas que acompañaba su sobremesa. De repente les pareció extrañamente inoportuna.

    Los zapatos del ferretero sonaron por las baldosas rítmicos y pausados como los ecos del agua de un grifo que no cierra del todo. Con el final del pasillo llegó el silencio. La sombra de sus pies se asomó tímida bajo el quicio de la puerta y el olor a pintura fresca les supo a los tres a aliento contenido. Sus manos temblorosas giraron el pomo plateado, que tartamudeó metálico por esa fuerza inconstante y nerviosa que le empujaba y le hacía volver luego sobre sus pasos. Luisa y Beatriz lo miraron angustiadas: «¿Qué te pasa, papá?».

    La amargura que se quedó a vivir en los ojos de su padre aquella tarde de enero atormentaría a Beatriz toda su vida. Manuel se sentó en la mesa dejando hablar a la mudez de su boca, seca por la angustia. Llevaba entre sus dedos un fino papel de calco rosa arrugado como él. Lo apretaba con fuerza en su mano, con fuerza ya de anciano.

    Beatriz sintió en ese momento que un millón de años se habían abrazado a las sienes de su padre. Lloraba Manuel sin mueca alguna sobre el papel y sus lágrimas emborronaron la tinta de calco sin hacerla desaparecer del todo. Lo dejó caer sobre el mantel, como si pesara mucho.

II
    Sonó el teléfono. Tres veces. Pero nadie se atrevió a moverse. Al cuarto tono Luisa sucumbió al poder que tiene la impertinencia tímbrica de esos aparatos, sólo comparable al llanto de un bebé, y contestó. Era su hijo Sebastián que llamaba preguntando por su padre. Había encontrado la ferretería cerrada y hacía ya varias horas que no sabía de él. Estaba preocupado. «Está aquí, Sebastián, vente para casa», dijo lacónica Luisa.

    Sebastián era el pequeño de la familia. No tan pequeño, tenía diecinueve años ya. Pero en las casas el último en llegar es niño hasta que se va, ya se sabe. Ayudaba a su padre en la ferretería. No le gustaba estudiar, al contrario que su hermana que estaba acabando una carrera universitaria, y desde pequeño en cuanto podía se escapaba del colegio para zambullirse entre los montones de clavos y tornillos del negocio familiar. Cuántos cachetes se llevó por eso. Manuel siempre le decía que estudiase, que se formase en algo, que en estos tiempos sin estudios no se iba a ninguna parte… pero no hubo forma: cuando Sebastián se sacó el graduado básico, hacía ya dos años, se puso a trabajar en la ferretería.

    Manuel no se lo dijo nunca, pero le hacía una especial ilusión que su hijo quisiera continuar con su tienda, que antes que suya, ya fue de su padre. La Cesta de los Alambres, que así se llamaba, era una ferretería con solera, de las de antes. Estaba en un pequeño local de un edificio castizo y casi tan viejo como el Madrid que lo acogía, encastrado eterno en la esquina de Bilbao con Sagasta y descolorido como una antigua postal. Los clientes de Manuel parecía que no fuesen allí tanto a comprar lo que verdaderamente necesitaban -para eso estaban los modernos centros comerciales- como a respirar el ambiente de esa tienda. Las paredes de yeso muerto y cañizo de la ferretería olían tanto a barrio que pareciera que el barrio oliese a ella y no al revés. La gente que se había criado en las calles adyacentes sentía que entrar allí era conservar un fino hilo de adobe que les unía con su niñez, con el recuerdo de su barrio en blanco y negro: con un Madrid que ya no existía más que en su memoria y entre esas cuatro paredes.

    Esas personas que compraban en su tienda, muchos ya amigos después de tanto tiempo viéndose las caras, encontraban cada rincón como aquella primera vez en la que sus padres les hubieran llevado de chiquitos, agarrados de la mano, a comprar unos gramos de clavos a granel, un jueguito de brochas o unos pedazos de arpillera. Su lámpara de paja con forma de campana en el centro de la tienda, su mostrador de roble siempre al fondo y sus viejos cachivaches colocados con organización metódica y montonera por la falta de espacio eran un viaje confortable al pasado. Nada cambiaba allí sin permiso de Manuel, y nada tenía ese permiso. Jamás.

    Ese perfume de hierro y calidez hogareña se esparcía por toda la tienda y nacía -o moría, nadie pudo saberlo nunca- en la piel del ferretero. Sus poros se impregnaron de ese aroma desde que, siendo un bebé, su padre le sentó sus rechonchas y aún invertebradas piernas encima del mostrador y le dijo: «Esta tienda es más tuya que mía, hijo mío». Lógicamente, él no se acordaba de eso, pero así debió de ocurrir ya que todo el mundo se lo relató así y una foto desgastada y tirando a cobriza, que colgaba sacra encima del mostrador como si fuera parte de un altar, parecía  relatar ese momento La hizo un amigo de la familia, inmortalizando tan familiar escena con una cámara Leica, tan rara en esa época como ahora lo era el mágico vínculo del ferretero con su tienda.

    Ya desde pequeño, siempre contaba Manuel, le fascinaba ese rincón del mundo. Lo recordaba como su castillo de fantasía, lleno de duendes que corrían por cada esquina y de artilugios que para él eran divertidísimos juguetes que su padre inventariaba con esmero. Su padre… qué ser tan extraño para el viejo ferretero. No conseguía retener en la cabeza la imagen de su progenitor más allá de la de aquel rostro vetusto de la fotografía de la tienda. Él tenía sólo siete años cuando se lo llevó una de esas enfermedades de las que se moría la gente antes. Demasiado pronto para que su cara se grabase en la retina del niño que un día fue Manuel.  Sin embargo allí, tras ese mostrador, sólo con respirar hondo podía recordar, casi como si tuviera olor, la sensación de felicidad que le embargaba el alma cuando aquella borrosa silueta con delantal azul le limpiaba los mocos y lo abrazaba con amor cada vez que su madre y él iban a buscar al cabeza de familia - «Al cabezota de familia», decía siempre su madre- para obligarlo a cerrar pronto y volver a casa paseando juntos.

    Ésa era pues su vieja ferretería. Mucho más que una manera de proporcionar el sustento a los suyos: era la vida y obra de Manuel, el único recuerdo de su padre y el legado que le dejaría con orgullo a Sebastián. La Cesta de los Alambres era nada más y nada menos que su lugar en el mundo.

    La manija del reloj de la cocina sonaba como un disparo cada vez que se movía. Beatriz cogió el papel rosa que traía su padre y lo estiró ante sus ojos. Casi no necesitó leerlo para saber de qué se trataba. Aunque en casa todos confiaban en que no llegase nunca, ella sabía que tarde o temprano iba a ocurrir. Quizá pensara que aún había unos meses más por delante para enfrentarse a ese momento y en el fondo tenía la vaga esperanza de que algo se pudiera hacer para evitarlo... Pese a ello, no pudo contener un nudo seco en el estómago al leerlo. Sintió un leve mareo. Ese papel rosa era la copia de la notificación de embargo de la tienda.

    Unos minutos antes de que Sebastián llegase a la ferretería y la encontrara cerrada, un funcionario del juzgado de lo mercantil número cinco de la plaza de Castilla estuvo allí acompañado por un perito. Dejaron sobre el mostrador una copia de la notificación judicial y tomaron nota de todo cuanto había en esa tienda. Como si a esas alturas se fuera a mover algo de la ferretería de Manuel. El perito comenzó a anotar: «Tantos metros de tubería de cobre apilados en la pared, pequeña maquinaria variada, herramientas diversas, seis cajones llenos de otros compartimentos más pequeños con clavos, tornillos, arandelas y tuercas de distinto diámetro y dimensiones, tres kilos de estaño para pequeñas soldaduras... y, claro, el dinero de la caja registradora: trescientos doce euros». Ni un milímetro de la ferretería quedó sin husmear por el ojo aguileño de ese perito, que tasó al céntimo el valor de todo lo que allí había, que era lo mismo que saber cuánto quedaba en el bolsillo y en el alma de Manuel.

    Mientras esos dos medían y pesaban cada esquina de su tienda, el ferretero Manuel Pérez Duarte sólo acertó a sentarse abatido y tartamudo en la silla de mimbre donde siempre había esperado con una sonrisa preparada, pero no por eso menos sincera, la llegada de un cliente que necesitara una bombilla, una caja de escarpias o un metro de plástico. Desde allí contemplaba la escena impotente, como si fuera irreal. No podía parar de pensar en su padre, en su hijo... ¡pobre hijo suyo!

    Cuántas ilusiones había puesto también Sebastián en esas cuatro paredes. Cuando abandonó los estudios no cogió a nadie por sorpresa. Por todos era sabida su escasa predisposición a los libros: novillos y suspensos poblaban su currículo escolar. Pero siempre le había gustado la tienda y ayudaba a Manuel todos los días, incluidos los fines de semana. No le importaba estar allí el tiempo que hiciera falta y se sabía los nombres y medidas de cada artículo de esa tienda. Además, tenía una gracia especial para atender a los clientes, que ya se habían habituado a su presencia y al carácter bromista del chaval.

    La ferretería permitía vivir modestamente, sin lujos pero con tranquilidad, y a falta de pocos años para que Manuel se jubilara no necesitaba mucho más. Sin embargo, si Sebastián se iba a dedicar a su oficio, iba a necesitar algunos cambios. Sabía que muchos de sus clientes eran los habituales del barrio, gente ya mayor a la que no le gustaba desplazarse a los centros comerciales para comprar las cuatro cosas que necesitaban para sus chapuzas del hogar. Pero poco más. Con eso no bastaría para que La Cesta de los Alambres sobreviviese otros cuarenta años.

    Así que decidió ampliar el negocio. Compró un local contiguo al suyo que llevaba años vacío. Aparte de sus habituales productos de ferretería para el hogar, se dedicó a suministrar materiales de construcción a empresas de reformas y decoración que trabajaban por el centro de Madrid. Les vendía a mejor precio que en los grandes almacenes los sacos de cemento, el yeso, las molduras, los tablones, etc. Y era una tienda que tendrían a mano, sin necesidad de desplazarse a las afueras de la ciudad en busca de las modestas cantidades de material que necesitaban para sus pequeñas obras. Así, el boca a boca funcionó y la ferretería se hizo con una pequeña cartera de clientes nuevos en poco tiempo.

III
    Pasaron dos meses entre la primera visita del perito y otra de dos policías que escoltaban a un encorbatado gerente de banco que para la ocasión había embadurnado su cabeza con gomina y finos modales de indiferencia. Era el día fijado para la ejecución del embargo. «Sin posibilidad de apelación», rezaba la sentencia que llegó por correo certificado y con acuse de recibo, que es como llegan las malas noticias en estos tiempos, para que no pasen de largo.

Abrieron la puerta de la ferretería y dieron secamente los buenos días.

    —¿Manuel Pérez Duarte?— preguntó uno de los agentes.

    Como nadie pujó en la subasta por la tienda, se la quedó el banco con el que había contraído la hipoteca del nuevo local. Los cuarenta y cinco metros cuadrados de su comercio, puesto como garantía, y el propio local que adquirió responderían del préstamo del que se hizo cargo Manuel haría ya tres años, dos meses y diez días para poder sufragar el coste de la compra. Tenían la culpa esos sesenta y siete mil euros que pusieron los apellidos Pérez Duarte al pequeño apunte que el inmueble era en el Registro de la Propiedad número 14 de Madrid, Tomo 829, Libro 437, Sección 1ª y Folio 89.

    Luisa, Beatriz y Sebastián no permitieron que el ferretero acudiera solo a la cita judicial que cumpliría con «ese trámite», como lo calificó la carta del juzgado que puso fecha y hora a la entrega de las llaves. Se empeñaron en ir con él, pero quizá hubiera sido mejor que no lo hicieran: la humillación y el dolor que sintió Manuel al entregar su llavero bajo el chaparrón de agua que caía de los ojos de su familia empañaron su sonrisa para siempre.

    El engominado gerente del banco paseaba anodino por la tienda mientras Manuel firmaba el papeleo. Curioseaba los productos apilados de la ferretería con fingido interés y haciendo un simulacro de prudencia, como una forma de matar el tiempo y de aislarse de esa situación. Apenas habló. Llegado el momento se metió las llaves de Manuel en el bolsillo con rutinaria impunidad, dándole la espalda cuando éste trato de decirle que tuviera cuidado de cerrar bien la llave de paso del agua, «que era muy importante porque si no se encharcaba el servi…».

    Manuel no acabó la frase. El gerente del banco ni siquiera lo hizo a propósito, simplemente no se esperaba que aquel hombre dijese nada a esas alturas. Cuando quiso darse la vuelta para atender sus palabras el ferretero ya había bajado la mirada, quedándose cortado. Pero así se cerró el asunto. Manuel se quedó con la palabra en la boca y el banquero, que tenía prisa, con su ferretería.

    Ese gerente era el mismo que lo atendió el día que acudió a la sucursal de su banco de toda la vida, la que estaba en la paralela con Sagasta, la más cercana a casa. Estaba algo más gordo, pero era él. Aquella mañana, Manuel entró en la sucursal presto a realizar las gestiones cotidianas; con apuro por cerrar la tienda, como siempre. Había dejado un cartel en la ferretería informando, con más optimismo que certeza, de que volvía en diez minutos.

    Letras y pagarés de proveedores que vencían y había que cubrir, cuarenta y siete euros para el recibo del teléfono –«a ver si le digo a Beatriz que no llame tanto por el móvil»-, luz, agua, gas... los típicos débitos de primeros de mes ocupaban su atención cuando cayó en la cuenta de que aquel día la oficina estaba atípicamente vacía. Dudó un instante, pero, cuando puso su cuenta corriente en orden, entró en el despacho del gerente para que le informara sobre esa idea que llevaba tiempo rondando su cabeza: ampliar la ferretería.

    Manuel encontró al gerente bajo la gomina de un flequillo pijo y detrás de una sonrisa radiante de anuncio de dentífrico. Tan lustrosos colmillos recibieron al caballero que entraba incómodo por la puerta de su despacho.

    — Adelante, adelante. Pase y siéntese, por favor.

    Estrechó la mano del ferretero con las dos suyas, cercano y manteniendo la sonrisa hasta el dolor: «Confianza y cercanía», como estipulaba claramente el Manual de Trato con el Cliente.

    — Es una gran idea. El momento de hacerlo, Manuel. Puedo tutearle, ¿verdad? Tengo un producto buenísimo, los tipos de interés están por los suelos.

    El gerente no paraba de ametrallar al ferretero con frases aprendidas de ese manual. «No dejes de sonreír, no dejes de sonreír, el viejo está en el bote», pensaba mientras tanto.

        — Yo le explico cómo: hipotecamos el local, ponemos de garantía el suyo. Si todo va como espera, se lo queda; una inversión de futuro para su familia. Si luego no le convence, lo vende y ya está. En esta zona se lo quitan de las manos y encima le sacaría de siete a ocho millones de las antiguas pesetas, Manuel. El mercado inmobiliario hierve, Manuel: compre, amigo mío, es una oportunidad, sí, sí, compre, compre...

    Y compró. Una semana después, el ferretero Manuel Pérez Duarte dejaba su mandil azul sobre la silla y se ponía el traje de las bodas y fines de año para ir al notario con el tipo del banco: firmaría esa hipoteca. Entró en la notaría. Chaqueta cruzada gris, camisa blanca y corbata a juego, un atuendo «para las ocasiones de rotos y las de descosidos», que decía Manuel sobre su único traje de vestir. La sonrisa brillante del gerente llevaba allí cinco minutos cuando llegó. Lo recibió en alegre comitiva con el notario y un pasante: «Firme aquí y aquí». «Ya está hecho, Manuel»; «enhorabuena, menuda inversión»; «la suerte es para los intrépidos»; «¡qué buen ojo para los negocios!». Los oídos del ferretero fueron agasajados a lo largo y ancho de esa notaría. Fue llevado en volandas por esos despachos como un campeón.

    Y Manuel salió feliz; y con los pies doloridos también (esos malditos zapatos). Le habían dado el dinero para comprar el local y «un poco más para que lo arregle, y, por qué no, qué demonios, para que haga una fiestecilla para celebrarlo con los suyos», le dijo pícaramente el banquero dándole un codazo cómplice en el brazo.

    Mes tras mes durante cuatro años, Manuel pagó religiosamente la letra de esa hipoteca. A marchas forzadas, además. Gracias a la ampliación del negocio sacó unos beneficios que le permitían ir amortizando el préstamo más rápido de lo previsto. «En menos de dos años lo finiquito», calculaba el ferretero. Pasaron seis meses desde esas cábalas y todo iba viento en popa. Grandes pedidos, nuevos clientes, un almacén del que no paraban de salir y entrar materiales a la misma velocidad. Manuel y Sebastián no paraban de trabajar. El local adquirido estaba siendo realmente rentable...

    Pero un día comenzaron a oírse cosas extrañas en la radio y en las televisiones. También en los periódicos, donde todas las portadas hablaban de un banco norteamericano con más años que el dinero que había quebrado. Durante meses el viejo ferretero oyó hablar de términos incomprensibles: Fondos de Alto Riesgo, hipotecas subprime, mercado de derivados… un compendio de tecnicismos que no significaban nada para millones de hormigas que, como él, vivían inmersas en transportar las migas de pan que sacaban adelante sus hogares.

    Un nuevo verano volvió para calentar asfixiantemente el escaparate de la ferretería. Manuel volvió de vacaciones (quince días en la playa al año, nunca más) y se encontraba revisando el libro de pedidos cuando cayó en la cuenta de que hacía mucho que no pedía clavos de cabeza ancha al almacén. «No deben de quedar muchos», pensó. Fue a comprobarlo: el cajón estaba lleno. Tornillos... tampoco debía de tener. Abrió el estante donde los guardaba y estaba repleto. Los rollos de plástico estaban sin abrir. Igual la silicona, las lijas y los botes de pintura. Se sintió desorientado y pasó al local contiguo: los mismos sacos de cemento, las pequeñas carretillas llenas de polvo y los cubos de obra que normalmente no paraban ni un mes en sus estantes. Todo apilado de la forma perfecta en la que él los dejó hacía ya un tiempo.

    Llamó a su hijo por si hubiese repuesto el suministro sin decirle nada. Antes de que le dijese nada sabía que la respuesta sería negativa, nunca se le hubiera ocurrido, pero ya se sabe que siempre llega el día en que el león joven le pierde miedo al viejo. Pero no fue así. La realidad era que no se habían vendido. Extrañado, llamó por teléfono a los móviles de los jefes de las pequeñas empresas a las que suministraba material para ver si estaban de vacaciones. «¿De vacaciones? Lo que estamos es parados. Manuel, no sé si será el verano o qué, pero no tenemos ni una obra».

    Tampoco fue el verano. Poco a poco esas empresas cerraron. Y los mismos tablones, sacos y cubos se quedaron a vivir en la tienda permanentemente. Manuel no vendía ni un clavo y a los clientes sólo los veía pasar de largo a través del cristal. Resulta, según los telediarios, que había crecimiento trimestral negativo del Producto Interior Bruto y un retraimiento del consumo y el crédito.

    La situación no mejoró con los meses y el ferretero comprendió cómo le afectaban esos términos que se empleaban en la prensa de un tiempo a esta parte. Poco a poco, la letra del préstamo se convirtió en un nudo en la garganta que se apretaba más cada mes. Así que decidió poner un cartel para vender el local nuevo, como le recomendó que hiciera «ese hombre tan atento» del banco si las cosas empezaban a ir mal.
   
    Pero el cartel envejeció pegado al cristal y el teléfono pintado con rotulador se desgastó como los ahorros de toda una vida, que no daban para más. Debía ya dos mensualidades al banco y en casa no entraba más dinero que el justo para comer. Beatriz dejó los estudios y consiguió un trabajo con el que capear el temporal. Sebastián salía a buscar empleo, ya que en la ferretería ya no podía hacer nada. Sólo conseguía alguna ocupación temporal de vez en cuando. Las cosas se pusieron feas. Todo esto fue a explicárselo Manuel a su banco: que tuvieran un poco de paciencia, que era un cliente de toda la vida que llevaba veinte años metiendo dinero en su cuenta, que sólo necesitaba algo de tiempo para reunir el montante que les debía, que él había sido siempre un buen pagador. «Ya le he dado la venta del local a una inmobiliaria, les he adelantado una parte de la comisión para que se muevan...», dijo en una de sus súplicas.

    Aprendió Manuel muchas cosas en poco tiempo. Aprendió que el gerente con el que firmó el préstamo era un mandado («Sí Manuel, sólo un mandado») que no podía hacer nada. Aprendió que no era normal que ese señor estuviera siempre «ocupado en ese momento», que no era posible que todo el tiempo acabase de salir y que de nada valía obedecer cuando los empleados de la sucursal le decían que volviese mañana. Supo que en las estructuras del banco existía un departamento de riesgos. Y que ese departamento tenía ojos para ver que Manuel no había pagado dos mensualidades, pero no tenía cara para poder hablarle directamente, ni oídos con los que escuchar sus problemas, ni oficina donde contar que él era un hombre honesto y cumplidor que sólo estaba pasando una mala racha. También le explicaron pedagógicamente que el banco no era una ONG y que todos esos no eran sus problemas. Del mismo modo, le mostraron cómo se podía decir  «lo siento mucho, buenos días», cuando una conversación no había terminado aún.

    De modo que perdió el local nuevo y su amada ferretería. Tan fácil que Manuel no se lo podía creer. Ni siquiera entendía al abogado cuando le explicaba ese maremágnum de deuda pendiente, intereses de demora, daños y perjuicios y unos cuantos conceptos más que hacían que el valor de los dos locales juntos apenas superase lo que pidió para comprar el nuevo almacén. No le quedaba nada y debía más de lo que había pedido prestado.

IV
   
     Tras perder su tienda, la vida se le hizo muy cuesta arriba al ex ferretero Manuel Pérez Duarte. Salía muy de mañana a buscar trabajo pese a que sólo tenía ganas de quedarse en la cama y asfixiar su corazón con la almohada. Y como todas las mañanas, desde hacía ya muchas mañanas, volvía con las manos vacías. Los mil años de experiencia que acumuló en su trabajo eran «un perfil de difícil contratación», según los cálculos de un ordenador de una Empresa de Trabajo Temporal a la que acudió para que le buscaran un puesto «de lo que sea». Él ponía sus datos y su experiencia en los formularios de contratación y el ordenador traducía: persona mayor con posibles achaques, coeficiente de riesgo de abstención laboral alto (él, que en décadas sólo cerró la ferretería unos días cuando le operaron de una hernia) y difícil adaptación formativa para otros sectores. Total, que ni siquiera pasaba el corte para tener una entrevista de trabajo.

    Cada día, mientras caminaba cansado por el casco viejo de Madrid, pensaba en que la vida le había traicionado de mala manera. Y que él era más que lo que decía un estúpido ordenador. Por ejemplo, era un ex autónomo sin prestación por desempleo y un hombre que tomaba antidepresivos; un padre de familia en una casa donde había que pasear con mantas sobre los hombros porque la calefacción se convirtió en un lujo; casi un jubilado cuya pensión ascendería a la de indigente al no ser su base de cotización muy alta. Era un hombre que bajó los brazos al ser convencido por un ordenador.
  
En todo eso pensaba mientras caminaba sin rumbo y sin ideas cuando subía por calle de los Libreros. Los pies le pesaban como años y el ánimo nada, porque ya no tenía: un día más volvería a casa sin buenas noticias, a pasar otra tarde mirando por la ventana para no alcanzar a ver la calle y sí sus pensamientos. Todos los días, antes de regresar penitente de su procesión por las filas de parados, desviaba su camino para pasar delante de su vieja ferretería. No podía evitarlo, ir allí le reconfortaba y le dolía por igual, como ir a llevar flores a la tumba de un ser querido. Se paraba delante de la puerta como para hablar con ella, y a veces sentía que La Cesta de los Alambres le hablaba y le reprochaba su abandono.

    Con el tiempo no hubo allí ni rastro de su ferretería. El banco puso una inmobiliaria donde vendía con grandes descuentos las casas de otras personas que no pudieron pagar sus sueños. Todas las tardes en ese escaparate se reflejaba como un fantasma su cara, un rostro sin luz que vagaba maldito entre el mostrador y los rótulos que anunciaban pisos y dúplex donde otrora él amontonara cajitas de cartón llenas de clavos. Así fue día tras día hasta que una tarde no apareció.

    Un infarto de miocardio, rezaba el certificado de defunción de un médico de urgencias que no sabía de los motivos que no salen en las radiografías. A Manuel, como al banco, le falló el corazón. Ese día los empleados de la inmobiliaria no repararon en su ausencia. Desconocían la identidad de aquel hombre que se asomaba a diario pero nunca pasaba a interesarse por ningún inmueble. Acabó siendo motivo de conversación y bromeaban sobre él, inventando historias sobre su vida y los motivos que le llevaban allí todos los días.

    Cualquier otro día alguien hubiera dicho algo, se habría percatado y habría hecho algún chascarrillo, pero ese día estuvieron muy ocupados rescatando ficheros y documentos importantes que flotaban en la oficina como barcos de papel. La Cesta de los Alambres se había inundado. Al llegar encontraron las viejas tuberías de caña gimiendo de forma aterradora y el viejo suelo completamente inundado de un agua herrumbrosa y también vieja. El día que enterraron a Manuel nadie se había ocupado de cerrar la llave de paso de La Cesta de los Alambres, como el viejo ferretero advirtió en una frase que no llegó a completar.

8 comentarios:

Susana M. dijo...

Hermano,como siempre, escrito de una forma preciosa que engancha desde la primera hasta la última frase, pero tan duro y real como la vida de miles de pequeños empresarios. Inevitable no identificarse. ¿Cómo se puede expresar tantos sentimientos y situaciones en un relato corto? No vale con saber escribir,hay que haber vivido mucho.
Te quiero.besos.

Zanat Medina dijo...

De parte de un estudiante de periodismo y aspirante a escritor, enhorabuena, tiene esencia y dureza, tal vez demasiado aséptico en algunos pasajes, pero un pedazo de relato descorazonador como la actitud de esos bancos de los que dependen las vidas de muchos.

Jesús Moreno Abad dijo...

Hola.

Susana: Me alegra que te guste, y que te animes a escribir por aquí, jeje. No sé si fue Oscar Wilde el que dijo que no te sentarás a escribir antes de levantarte a vivir... Por eso, quizás, voy siempre con retraso. Un besote, yo también te quiero.

Zanat Medina: Muchas gracias por tu visita, ante todo. Me ha gustado que consideres que tiene "esencia y dureza", porque creo que es todo lo que pueden tener las vivencias de tanta gente sacudida por esos poderes que no vemos, que no votamos pero que contaminan nuestra existencia. ME llama la atención que consideres "asépticos" algunos pasajes, pensaré sobre ello, quizá el miedo a caer en eso que los críticos llaman "sensiblerías" me haya hecho escribir algunas partes demasiado áridas. Quizá las influencias del realismo, también. Gracias por la observación. Y mucha suerte con esos estudios de periodismo (no sabes dónde te metes, jeje) y con esas aspiraciones de escritor. Visitaré tu blog. Un saludo.

FANCALO dijo...

Solo una palabra
Gracias

Jesús Moreno Abad dijo...

Creo que nunca me habían dado las gracias por escribir algo... Me ha turbado y me ha conmovido. Muchas gracias por eso. Un saludo.

Anónimo dijo...

Buen relato.
Kalamar.

Jesús Moreno Abad dijo...

Gracias Kalamar.
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Jabalí no se olvida de ti.

Zanat Medina dijo...

Ante todo, no me des las gracias por la observación, solo te doy lo que me gustaría me diesen, crítica, que para bien y para mal tiene que ir de la mano del arte y muy agarrada; no hay duda, El crimen del papel rosa es arte. En caso de visitar mi blog no dudes en arremeter con dureza contra lo que te disguste, es la mejor forma de evolucionar como escritor. Gracias por el aviso sobre el periodismo jaja, pero aunque el panorama actual no sea esperanzador, aún quedan voces consecuentes y con perspectiva que mantienen la fe en la comunicación. Perdón por la Biblia que acabo de escribir, hasta próximas entradas.