En la brillante negrura de los ojos de este niño haitiano se pueden ver dos puntos de luz minúsculos. Si la empatía o la morbosidad nos llevasen a acercarnos lo suficiente, no es descabellado pensar que veríamos en esos puntos la réplica que el terremoto haya dejado en sus retinas infantiles y que, con aleatoriedad caprichosa, volverá a vivir algunas noches cuando apoye su cabeza sobre la almohada.
Al observar la fotografía no puede saberse si el pequeño va a ejercer un derecho tan haitiano como es el de romper a llorar o si, en cambio, va a sacar sus uñas rotas y ennegrecidas de aferrarse a la vida para tirarnos de las solapas con la violencia inesperada de las películas de terror.
Si por asomarnos a la ventana de sus ojos, como ahora estamos haciendo, nos pasase un gramo del miedo que le anida, ninguno de los edificios que amueblan nuestros valores lograría permanecer en pie. Quedarían atrapados bajo los escombros todas las penurias soeces, de a tres céntimos el kilo, que alimentan las vigilias de occidente. El precio que pagamos por ver un milagro andante y mocoso es ser conscientes de lo pusilánime de nuestros quejidos.
Permítaseme el insulto comparativo, pero los terremotos son como los invitados inoportunos. No saludan ni avisan de su llegada, y nadie tiene la culpa de que crucen el salón de una confortable tarde de domingo.
Quiero decir que no podríamos culpar del seísmo a una guerra y creo que tampoco al cambio climático que pueda estar provocando el humo de las chimeneas capitalistas; ni siquiera tiene el epicentro en las tripas rugientes de los haitianos que no hemos sofocado a este lado del mundo. Y no, no caigamos en demagogias, tampoco es responsable el colonialismo expoliador que allí dejamos…
Pero al noveno día del fortuito infortunio, cuando por fin desembarcan las tropas norteamericanas y veo a Zapatero prometer como presidente de turno de la UE que los del viejo continente no les fallaremos, no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿por qué me siento tan culpable?
Jesús Moreno
5 comentarios:
porque tiene que ocurrir una autentica catastrofe para que reparemos en los ojos de ese niño, qu seguramente lleva años mirandonos.
mitxel
Y este Norte nuestro acomodado, y este Occidente tan cristiano ha desviado sus ojos durante todos esos años para no encontrarse con los de ese niño, y con los de tantos otros, porque en ellos hay un espejo que nos devuelve la imagen real de nuestra riqueza distorsionada.
Mitxel y Tomás,
No habéis podido comprender mejor lo que me perturba de este asunto... Lo que también me pregunto es si estamos predicando en el desierto.
Un abrazo.
Jesús
Jesús querido, el hombro es el lobo del hombre, sin duda. Muy buena tu entrada.
Un beso grande
Querida Ana,
Cuánto tiempo, qué decirte... que llevas toda la razón.
UN besote
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