viernes, 20 de febrero de 2009

LA MUERTE DE FEDERICO CAMPANINI. EL HOMBRE A 5.000 METROS DE ALTITUD


La muerte de Federico Campanini. El hombre a cinco mil metros de altitud
Estos días hemos visto las duras imágenes del montañero Federico Campanini agonizando hasta perder la vida en la cima del Aconcagua, mientras las personas que habían ido a rescatarle tiraban de él como si de un perro camino de la muerte se tratara. Para Federico Campanini la vida era un hueso que quedaba todavía a 4.000 metros.

Mucho se ha hablado de lo correcto o no del intento de rescate. El padre del alpinista, sabe dios que se siente al ver morir así a un hijo en la televisión de tú salón, mantiene que hubo negligencia y que se le dejó morir. Los voluntarios que fueron a rescatarle dicen que nada pudieron hacer por el desafortunado Federico, que murió de frío, esfuerzo y de un enfisema pulmonar.


En el vídeo se les puede ver discutir. No saben qué hacer, ya que el alpinista está muriendo absolutamente reventado. Sin embargo, no hay una camilla para repartir el peso del inválido alpinista. Quince kilos de peso por cabeza, costaba la vida de Federico.

Declaraba el padre del fallecido que se podía ver cómo le habían quitado algo de ropa, dando a entender que, ante la imposibilidad de salvarlo, buscaban acelerar su muerte como único acto de caridad y solidaridad posible. Un experto montañero del equipo de “Al filo de lo imposible”, el legendario programa de TVE, afirmaba en otro programa que él había asistido a salvamentos peores, y que se apreciaban signos de incapacidad en el equipo de rescate: no había camilla ni la fabricaron, no llevaban medicamentos, un termo, tornillos... nada. Fueron a rescatar a un hombre que no podía moverse con las manos en los bolsillos.

Negligencia o no, la muerte de Federico Campanini es un macabro espectáculo que te hace preguntarte si a cinco mil metros de actitud y 30 grados bajo cero puede más el miedo o la solidaridad. El hombre es un animal que rara vez pretende ser otra cosa.

Cuando encontraron el cuerpo del alpinista, parece ser que éste había avanzado unos metros más; que murió sólo, degollado por el Aconcagua y con los brazos estirados sobre un par de rocas, que le dijeron al pobre Federico que era más fácil descubrir el misterio de lo desconocido que atravesar ese metro pedregoso que no aparecía en la cartografía de su destino.

domingo, 8 de febrero de 2009

PALESTINA, O DON QUIJOTE Y LOS MOLINOS DE SILENCIO



Palestina, o Don Quijote y los molinos de silencio

Miren esa fotografía. Don Quijote y un molino de viento, David arrojando su piedra a Goliath, un terrorista de hierro contra un “terrorista” del futuro. Ahora que es momento de hablar de Palestina yo no encuentro palabras.

Ahora que las imágenes duras se pierden en la memoria, es hora de hablar de Palestina. Ahora que las plumas afiladas juegan por el laberinto de la audiencia a los espionajes de estar por casa, es hora de hablar de Palestina. Ahora que los políticos se ponen electoralmente serios en Galicia y Euskadi y los grifos gotean al paso de la agenda política que marca algún fontanero de Moncloa o Génova (qué sabré yo del patio trasero de la democracia), yo, periodista desafecto de la actualidad, escribo de lo que ya nadie se acuerda. Han pasado mil años, dos meses, tres semanas y un día de la masacre israelí.



Hoy la gente no se pone el palestino de la semana pasada, hoy no grita en las calles; hoy se arrullan los recuerdos con el opio de la novedad. Hoy hay futbol, qué demonios. Pero, en Palestina, los niños que siguen muertos no juegan ya, si acaso los gusanos por las cuencas de sus ojos. Y las madres posiblemente miren al vacío, sin más luz que la que entra por los agujeros de las paredes del salón, ya antes filtrada por los muros de la vergüenza que cercan Palestina. Hoy, el “runrun” de los tanques no pasea por cascotes, sino por alfombras silenciosas que mecen la siesta universal. Hoy que toca la espiral del silencio hay que hablar de Palestina.

Hoy luce el sol y reina Obama, la España de Zapatero ya cobró las facturas armamentísticas al asesino israelí (comercio ético lo llaman en Ferráz), ya algunos descubrieron la crisis al olor de los bidones de gasolina que pasean en las puertas de los ayuntamientos. Son otros tiempos y las condiciones objetivas para hablar de Palestina no se dan.

Ya no importa, lo pasado perece con el sufrimiento cuando no hay pan, circo y vísceras en los telediarios de sobremesa, y hoy, que toca hablar de Palestina, yo no encuentro palabras porque nadie me dejó un cadáver sin piernas por el que escribir y por el que llorar. Maldita sea, que asco siento por todos vosotros. Entre tanto muerto no pudisteis dejarme uno; ni tan siquiera un tullidito con cara de pena con el que pudiera yo engalanar esta columna. Otra vez será.