
Disertación sobre la amistad, con cara de pocos amigos.
Hoy me apetece escribir, desde un corazón con las grietas secas ya –y no por ello duelen menos, sólo es que las heridas se secaron sin poder cerrarse-, una de esas reflexiones que no me planteaba de igual forma desde, digámoslo así para no tener que hablar de la juventud en pasado, mi adolescencia. Hoy me apetece escribir sobre una de esas utopías que, en mi inocencia, pensé que era un sentimiento que movía el mundo, dándole sentido: los amigos y la amistad, pronunciados así los dos términos, por si no fueran lo mismo.
Suena terroríficamente a crisis de los 30, soy perfectamente consciente, e incluso a pusilánime e inmaduro, si me apuran; pero, según me acerco a esa edad en que los trenes si se pierden se empiezan a perder de verdad, cada vez más me dedico a observarme a mí mismo y a las personas que, de un modo u otro, han crecido conmigo o han visto pasar algunos años de su vida a mi alrededor. Cómo trascienden, si trascienden de algún modo, las relaciones de las personas entre sí.
Muchas veces, veo con nostalgia a los amigos perdidos por el pasear de los días o por los venenos que consumen al hombre y, aunque muchos no se merezcan los recuerdos que te hacen tragar saliva -parece que si alguna vez creíste que alguien fue tu amigo, ese alguien se gana un poco de amor para siempre, por falsa que fuera esa percepción antaño-, ellos me llevan a pensar en lo que desde aquí me cuento a mí mismo al mismo tiempo que se lo cuento a ustedes. La vida es así de puta, si les da la gana.
Como digo, a veces veo a estos sujetos, por el fingido azar que supone compartir un espacio físico, y no me conmueven nada, me traen cierto hedor a estiércol si los huelo con la olfativa racional; pero, otras veces, los veo por la calle y, casualidades de la vida, al mismo tiempo se reflejan en el retrovisor del pasado haciéndome pensar en todo esto. Pienso en ellos y en lo que significa la amistad. Veo lo que les hace la vida, cómo cambian, o lo que ellos se hacen a sí mismos o a los demás... y aún así, pese a odiarlos sin remedio, no puedo evitar echar de menos un rato cada día lo que eran antes y ya no son.
Me siento ridículo reflexionando sobre ello, no voy a negar que me educaron para protegerme de los estragos de la sensiblería. Es extraño; quizá, a mí los años también me hayan hecho algo y algún parásito burgués me haya mordido descarnadamente el pecho. Lo cierto es que, de jovencito, era importantísimo para mí todo lo que tuviera que ver con la amistad. Yo siempre he sido el amigo de todo el mundo, siempre he intentado regalarle una sonrisa de complicidad a todo aquél con el que me parara a hablar más de dos minutos y, siempre, me he sentido un poco oráculo de lo ajeno, un endémico consejero. Esas conversaciones que comenzaban en broma y acababan en camaradería por algún tiempo, en no pocas ocasiones han acabado por romperme el alma y robarme poco a poco esas gotitas de ingenuidad que te ayudan a seguir teniendo algo que ver con el mundo, a fuerza de levantarte los pies del suelo si se quiere. Es lo malo de la inexperiencia, que no sabes que todo tiene un precio; pero luego vives, vas y vienes, y adquieres cierto empirismo existencial, eso que llamas experiencia y que, erróneamente, te lleva a pensar que su posesión sirve para algo.
Como decía, durante algún tiempo pasado, las traiciones y lo que suponía era amistad se grababan a fuego en mi tierna alma adolescente. Me escocían y me arañaban las tripas con afiladas navajas de juguete. Esas cuentas se saldaban con una falta de pose social de una brutalidad impoluta, se hacía justicia con la tragicomedia de la edad: una afrenta se saldaba con otra afrenta y, después, con la separación de los caminos. No había más opción que el sueño del olvido para esa relación social.
Pasados unos años mi percepción de la traición cambió, y también el cara o cruz de mis relaciones con los otros. Se acabó, en cierto modo, el olvido y el insolente acto de negar un saludo si fuera necesario. Quizá la adultez me domó y me insuflo un regusto inglés por mantener las apariencias. Todo ello fue sucediendo, quizá proporcionalmente y de forma inversa a la importancia que le daba a la calidad de los amigos, en detrimento, por tanto, de la cantidad. Cosas de la madurez, como digo.
A parir de entonces, el número de amistades dejó de ser importante para mí y me fui quedando con esa gente que me sugería confianza y verdad. La capacidad de emitir juicios más seguros –no sé si más certeros- sobre mi vida y lo que me pasaba, me daba una altitud de miras frente a la traición. Esos eran unos barros que ya no frecuentaba. Dejé de lado a los que practicaban el oficio de Caín y, sin sentirme herido, los miraba con condescendencia y me quedaba con los justos, con los buenos. Con los míos.
No en vano, entraba ya en una fase donde las ensoñaciones se convierten en obligaciones y parece que las idealizaciones para con las personas deben pasar a un segundo plano. Así me decidí a estudiar una carrera –tardíamente, pero con fuerza-; me vi inmerso en el lobuno mundo del trabajo, me metí en el terreno de la política –craso sitio donde ahogar tus últimos ideales sobre el ser humano. Las peores bajezas del hombre, sin mediar tan siquiera dinero, las he visto ahí y tienen gran parte de culpa de lo que ahora escribo- y, de esa forma, me aparté de la metafísica de las pequeñas cosas de este mundo peregrino.
Pero, de un tiempo a esta parte, mi teoría de la cadena de valores sobre la amistad se colapsó sobre sí misma. No hace mucho, ya tan mayor y tan de vuelta de todo, volví a sentir algo ante la traición de personas de mi confianza. Todo ocurrió de improvisto. Recibí el golpe con la guardia baja: un directo de “izquierdas” que me pilló cubriéndome el flanco derecho (jamás pensé que el otro costado estuviera en peligro) y, con toda la confianza mansurrona y dócil del novato que ya no era, caí sobre la lona. Sin embargo, una vez noqueado, y cuando se suponía que debía levantarme y sacudir como antaño, no sentí el escozor juvenil que me permitía aplicar un ungüento de venganza sobre la que había sido tan cainita compañía, sino que sólo sentí un sabor metálico y salino, una bocanada de regusto amargo en el paladar.
Debe de ser la condena de la madurez. He descubierto que ahora cada ruptura es como la amputación de un dedo. No en vano, cuando afrontas lo que serás el resto de tu vida te das cuenta de que la amistad es una ideología totalitaria que exige lealtad siempre. Traicionar una vez es traicionar siempre, porque la confianza salta en mil pedazos que forman cada uno una historia por sí solos. Lo que ocurre es que rara vez el que traiciona una vez no lo hace o lo ha hecho más veces. Quizá por ello, a estas alturas del cuento, las afrentas no saben a declaración de guerra, sino a derrota. Derrota vital y derrota sobre tus planteamientos sobre el ser humano. No estaba en el guión, después de haber cribado suficientemente a tu alrededor las manzanas podridas, encontrar una nueva en un cesto tan pequeño ya. Quizá por eso vuelva a remover mis entrañas algo que dejó hace muchos años de tener importancia y que se asumía como cotidiano. Puede que comience a ver que no todos los dedos que elegí para mi mano fuesen los correctos y, como saben, los dedos de la mano son un bien finito.
Pero siempre llega un tiempo en el que debes replantearte las cosas; buscar entre los seres humanos algún pedazo de ti mismo y sentarte en una sobremesa a reflexionar etílicamente con los buenos amigos que te queden. Aprovechar los pequeños momentos de la vida, que al final son los que dan sentido a las grandes gestas. Eso es lo que echo de menos y que recuperaré en cuanto la rutina afloje la marcha de la locomotora, en fuga a ninguna parte, que me invade.
Lo único que me he dejado arrebatar es el volver a sentir que estar con un amigo es como charlar contigo mismo, dejando atrás la inmundicia de los que trepan sobre las costuras de la lealtad buscando un resquicio donde morder como un chacal carroñero. Así que volveré a cuidarme de los doctos en vilipendios y difamaciones, de los infames de cortas razones y largas espadas, de los tramontanos que acechan cervicales que se dejan, porque no conciben la malicia lobuna de los que se dañan a sí mismos dejando un reguero de sangre ajena, y de todos aquellos buitres que pueblan irremediablemente el cielo, para no dar por perdidas las pequeñas cosas que nos ennoblecen más con los años, porque con los años cuesta más mantenerlas.
Dijo Sartre en el funeral de un viejo amigo con el que rompió relaciones muchos años antes: “He aquí cómo se quieren los hombres de este tiempo: mal”. Pues sí, mal; así que hagamos algo que nos eleve sobre la cobardía, síntoma inequívoco de los que, en estas lides, no aman lo suficiente porque sienten un miedo más que sombrío o porque se los come la pereza.
10 comentarios:
Coincido con tus expresiones, sí, no sabemos querer, debe ser que la experiencia nos aleja de lo que creemos irracional y la amistad entra en ese marco teórico.
Jeje, viva la inocencia. Pero lo mejor de todo es que con el paso del tiempo las personas maduran o no y comienzan a observar sarcásticamente y eso en el mundo que nos rodea está muy bien.
Un abrazo,
Hola a los dos,
Gabo: Gracias por pasarte por mi blog. Efectivamente, la experiencia y la teórica son de aplicación ambigua en l oque al hombre se refiere.
Arancha: La inocencia es un don y un pecado que siempre tiene un precio.
Un abrazo a los dos.
Faltas... de observación -relectura-:
1.- A parir de entonces, el número de amistades dejó de (...)
2.- traición de personas de mi confianza. Todo ocurrió de improvisto (...)
...........
¿ Será: partir y no parir
¿ Será improviso y no improvisto,
o imprevistamente, será...
....................
APARTE -la manía de sacar peguitas que tengo- Como tú dices, será cosa de la experiencia, el caso es que ésta te da distancia respecto de los acontecimientos. Lo que en un principio vivías con rotundidad pasa a ser algo más ligero, no pones tanto "en el asador" porque sabes que "no somos perfectos" (y algunos menos que el resto) "comprendes" más porque exiges menos, de los demás y de ti. Porque el problema realmente doloroso viene el día en que "te defraudas a ti mismo" ése sí que es insoportable, no lo esperábamos de nosotros pero ocurre -quizá no a todos-. Pues eso, recuerda lo de la insoportable levedad del ser.
Besos. PAQUITA
EL RELOJ LO TIENES jodido, según el mío son las 8h. 50´del SÁBADO 25 de abril.
Buen día. PAQUITA
Joer, Paquita... que tralla desde tan temprano jeje.
Efectivamente, quería decir "partir" e "improviso". Te has leído mi texto a conciencia. Gracias por las observaciones.
De la segunda parte de tu comentario qué te voy a decir... es toda una lección de vida condensada en unas frases.
Tienes razón, no somos perfectos. Sin embargo, no es lo mismo el daño hecho por error que el daño hecho por golpe frío. Quien aplica la máxima de que el fin (el fin personal, además) justifica los medios, dificilmente tendrá capacidad para defraudarse a sí mismo. Hay listones que están demasiado bajos.
Sin embargo, la capacidad para el perdón debe ser grande también. Eso también se aprende con los años. Aunque entiendo el perdón desde un punto de vistá más Platónico que cristiano, todo he de decirlo.
Pero siempre hay gente que merece la pena. He ahí tu ejemplo y tu comentario.
Ha saido una conversación interesante de mi entrada, después de todo...
Un besote.
PD: miraré ese tema del reloj, jeje.
Teniamos 13 o 14 años y creiamos que todo nuestro mundo eran los amigos. Ay, cuanta razon tenian nuestros padres..
Sí, Arkadas...
Joer, que época más bonita. Pero bueno, aún así no hay que dejar que muera nunca del todo.
Un saludo.
Hola!! estoy totalmente de acuerdo.. dí con tu blog de casualidad al buscar una foto, pero me atrapó tu disertación.. si me permitís quisiera postear el link de tu blog en mi muro de facebook. te parece?
Claro que puedes!!
Publicar un comentario en la entrada