
Ruido y silencio
Darek Rusbet se levantó aquella mañana antes de que al sol le diera tiempo ni tan siquiera a bostezar. Se sentó junto a la mesa de la cocina y fijó su mirada en la nada penumbrosa que envolvía la habitación. A través de la ventana flotaba un hilo paulatino de luz fría y polvo que, según amanecía, se filtraba por el visillo y se iba sentando en la cara impávida de Darek. Hoy, a diferencia de otros días, no sentía miedo antes de acudir al instituto. Hoy, además, cumplía 15 años.
No desayunó. Estaban a punto de dar las ocho. La hora a la que tenía que salir de camino a clase. Sentía los nervios fríos y muertos. Miró el reloj: las ocho. Se puso su chupa de cuero y, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, comenzó a caminar, un tanto encorvado –como él siempre iba-, hacía el instituto.
Las ocho y cuarto. Cruzó la verja del instituto y contempló desde allí los poblados riachuelos de chicos ruidosos que esperaban en corrillos a que el conserje abriera la puerta de los pabellones. Todas las mañanas hacía lo mismo; se postraba ante ese umbral unos instantes y contenía la respiración y su nudo del estomago. Hoy, sin embargo, no sintió nada. Sólo el sol calentándole la nuca.
Avanzó lentamente hacia la entrada. Siempre hacía ese trayecto con la cabeza agachada, pero con los ojos basculando hacia los lados, vigilantes de su alrededor. Hoy no. La cabeza y la mirada estaban clavadas en el suelo, sin distinción.
Se abrió paso entre la gente, y, de pronto, sintió un palmetazo en la cabeza muy fuerte. Todo los chicos comenzaron a reírse con malicia. Se dio la vuelta. Jim Hepburn otra vez. Le había dado un golpe en la cabeza y se reía triunfante mientras sus compañeros lo abrazaban con gestos y carcajadas cómplices. Había comenzado el día.
Todas las mañanas pasaban cosas semejantes. Sólo había que esperar el momento con sudores fríos e incertidumbre: una “tobita” en los tumultos para entrar a clase, una zancadilla cuando todos corrían en fila en clase de Gimnasia, caricaturas con insultos de sus compañeros que le pasaban durante la hora de Geografía, bajarle los pantalones cuando llevaba chándal...
No siempre fue así. Darek en primaria era un chico con montones de amigos. Jugaba al fútbol, correteaba, se reía y armaba “jaleillo” en los autobuses de las excursiones con sus amigos. Todo cambió al llegar al instituto, a los 14 años. El primer día de clase, un chico de los repetidores (Jim Hepburn) enseguida hizo notar que Darek estaba gordito y empezó a mofarse con bromas crueles. Este tipo de bromas comenzaron a hacerse frecuentes y se iban sumando a ellas otros compañeros de clase, que en el pasado eran amigos suyos. Al cabo de unos meses, Darek era el entretenimiento preferido de mucha gente de la clase (y de chicos de otros grupos), mientras el resto de compañeros miraban y no se mezclaban en el asunto.
Con el tiempo, Darek se fue volviendo un chico tremendamente introvertido. Se sentaba sólo en el aula, no hacía los trabajos en grupo, se borró del equipo de fútbol del colegio (cuyos entrenos se habían convertido en una pesadilla) y en los recreos, mientras el resto de chicos reían o jugaban un partidillo, se podía ver en una esquina del patio a Darek; siempre sólo, comiéndose su sandwich del almuerzo y sintiéndose terriblemente observado. Pasaba el día tenso, como el que espera diariamente el momento en que el cielo se le caiga encima.
Darek se tocó, dolorido, la cabeza. Siempre que le hacían algo, se daba la vuelta y miraba a su agresor con los ojos blandos y mansurrones. Paralizado por el miedo, era incapaz de revolverse y se encogía sobre sí mismo, esperando que pasara el chaparrón. A instantes, incluso, oía las befas y carcajadas del circo romano que eran sus compañeros como si estuvieran a cientos de metros, muy lejanas de él. Cuando acababa la broma siempre se sentía algo más que aterrorizado, sentía una vergüenza y una sensación de cobardía infames. Pero hoy, no. Se giró, miró a Hepburn y sonrió con toda tranquilidad.
- Ey, Jim. Mira a “super-cara-pan”, se está riendo de ti- azuzaron los chicos.
- Qué te pasa, mongolo- dijo Jim Hepburn-. ¿Te hace gracia? Pues toma, para que te rías más.
En ese momento, Hepburn le soltó un puñetazo, que hizo que Darek cayera al suelo. “¡Pelea, pelea!”, jalearon todos los chicos.
Tania, la madre de Darek, se levantó como todos los días después de que se marchará éste. Esa mañana iba a hacer una tarta y un poco de comida basura, “de ésa que le gusta tanto a Darek”, para celebrar su cumpleaños. Había invitado, como todos los años, a los abuelos y los tíos a comer. Su padre, que trabajaba de agente de seguridad en una joyería, pidió el día libre para poder comer en casa. Todavía dormía. Tania bajó en bata a la cocina, presta a desayunar y a ponerse manos a la obra, cuando vio que su hijo se había dejado la mochila de los libros encima de una silla. << Qué cabeza tiene este hijo mío>>. Entonces, se vistió y se fue deprisa a llevársela, “antes de que empiecen las clases”.
Darek estaba tendido en el suelo boca arriba. De forma amenazante, Hepburn se acercó a él. Mientras, medio instituto se arremolinaba divertido y como auténticos “hooligans” a ver cómo concluía el espectáculo. Algunos grababan la escena con sus móviles...
- ¡Qué no me mires!, “cara pan”- le espetó Jim Hepburn, mientras le daba otro puntapié.
En realidad, Darek miraba hacia arriba, pero no lo miraba a él. Seguía inmóvil y boca arriba en el suelo, pero Hepburn, para él, no era más que un espectro invisible de las pesadillas de su infancia. En realidad, fijaba su vista entre el hombro y la cabeza de su agresor. Allí estaba, como asomando la cabeza, el sol radiante con sus cabellos de fuego, que aun nublándole las pupilas no permitía que las apartara de su irradiación. Mientras Hepburn lo golpeaba, no pestañeaba ni se movía, tampoco escuchaba los gritos y las risas del corro de chicos y chicas que le rodeaban. Sólo se hallaba inmerso en un completo vacío, poblado de silencio y brisa, como si su conciencia volara con las alas amoratadas y a medio quebrar, pero lo suficientemente fuertes para llevarle a dos mil kilómetros de allí. Una nube peregrina ocultó el sol y ensombreció el patio por unos momentos.
Tania caminaba a toda velocidad por la calle. No quería echar la bronca a su hijo, precisamente hoy que era su cumpleaños, pero es que en los últimos meses no había quien se hiciera con él. Tenía un humor de mil demonios, no estudiaba nada y andaba siempre absorto en sus pensamientos. << Será la adolescencia. Que le ha pillado fuerte la edad del pavo...>>, pensaba.
La nube desapareció. Darek comenzó a carcajearse furiosamente en el suelo, tragándose parte de la sangre que le nacía de la nariz y restregándose el resto por la cara. Se levantó tambaleándose en medio del corrillo de chicos, chocándose con ellos y manchándoles de sangre. No paraba de reír, fuera de sí. El silencio que hace unos momentos sólo percibía Darek, ahora era real y sepulcral.
La madre de Darek subía la penúltima calle, antes de doblar la esquina y llegar al instituto, cuando le sonó el teléfono móvil.
- Cariño, soy yo, Joseph- dijo al otro lado de la línea el padre de Darek.
- Ahora no puedo hablar, Joseph. Voy a llevarle la cartera a Darek, que se la ha dejado...
- Escúchame. Me han llamado del trabajo. Tengo que ir a hacer una guardia hasta la hora de comer, pero no encuentro la llave de la caja fuerte, tengo que coger el “instrumental”.
- Mira a ver si la tenías en el pantalón. Lo he guardado en el armario. Adios.
Joseph subió a la habitación. El “instrumental” al que se refería era el cinturón con el revolver y la porra, que llevaba junto al uniforme del trabajo. Lo guardaba en una caja fuerte en el armario. Abrió el armario y cogió el pantalón: no estaba la llave. Cuando fue a colgar el pantalón en su percha descubrió que la caja estaba abierta... y vacía.
Darek reía y reía, sin parar. Se dobló sobre si mismo, sujetándose el estomago como hacen las personas cuando no pueden reír más y, de pronto, paró. A la vez que su boca acababa con esa mueca, se enderezó repentina y violentamente, volviéndose hacia todos y hacia Hepburn con un revolver que escondía bajo su camiseta. Todos se quedaron paralizados por el terror y miraban la escena como si sucediera de forma ralentizada y lejana. Como si no fuera real, como si no pudiera estar pasando.
Darek miraba a todos, tambaleante. Levantó el arma con la mano temblorosa y miró de nuevo al sol. Luego a Jim Hepburn y su cara, a la que odiaba con todo su ser. Todo el patio del instituto comenzó a correr y a gritar. Darek veía dentro de sus ojos auras nebulosas y, de nuevo, oía los gritos como lejanos ecos. Apretó el gatillo y encañonó a Hepburn con dos disparos a bocajarro en el pecho.
Alrededor suyo sólo había formas difuminadas que corrían y gritaban; y todas esas formas tenían la cara de Hepburn. Darek seguía disparando: todos eran Jim Hepburn.
Tania escuchó los estruendos en la lejanía y un incomprensible mal palpito le invadió. Dobló la esquina y corrió hacia el instituto. Mientras corría, tres coches de policía la adelantaron a toda velocidad, con las sirenas puestas.
Al llegar a las puertas del patio del instituto, Tania creyó enloquecer. Ante sus ojos multitud de jóvenes se arrastraban por el suelo con las caras desencajadas, retorcidos de dolor. Otros chicos yacían quietos, ausentes de sí mismos, muertos. Según avanzaba, una alfombra líquida y roja le mordía los tobillos de sus zapatos de tacón. Un policía le gritaba y la agarraba por el hombro, mientras decenas de sirenas se hacían dueñas de su alrededor. Pero ella ya las oía lejanas, ausentes; y los gritos del policía eran murmullos. Delante de ella yacía Darek, con la espalda agujereada y el revolver de su marido en la mano. Miró al sol, incomprensiblemente la fascinaba.
Jesús Moreno
Aquí, unas fotos para la reflexión
10 comentarios:
Parece que contado desde ese lado el drama se reparte, o se justifica la última reacción, que no el desenlace.
Sea como fuere, este relato es casi tan real como la vida misma. Así de dramático, así de trágico.
Lo has captado con extraordinaria sensibilidad, Tomás. Como siempre.
Me ha ocasionado grandes dilemas morales esta cuestión, esa es la reflexión que me hago. Por supuesto no justifico una matanza. Pero, a veces, la sociedad lleva contra las cuerdas a las personas. Cuántos chicos pasan su adolescencia solos, marginados y acosados (o cuántos adultos). Caen en depresión y, sin que suene exagerado, arruinan su vida para siempre: procesos de aprendizaje interrumpidos, dificultades para sociabilizarse, depresiones terribles, suicidios... ¿Qué diríamos si ese adolescente se hubiese suicidado sin más? Qué terrible dilema. Quiénes serían objeto de nuestra ira y nuestros adjetivos.
El acoso escolar o laboral ocasiona miles de dramas al año, pero son dramas silenciosos. Chicos que viven un infierno mudo en su día a día
Gracias Tomás, como siempre. Sacas siempre mis más profundas reflexiones. Un abrazo.
¿Porqué se observa impasible ese tipo de situaciones vejatorias que, acumuladas, pueden desembocar en lo que tu describes. Es más, a lo que parece, es peor que la impasibilidad, es el regodeo en esas escenas, porque si no ¿a qué viene lo de captarlas con el móvil?
¿porqué aceptamos la deshumanización acelerada que se está produciendo? ¿porqué no reaccionamos? ¿porqué...
Un beso -CON EMOCIÓN-. PAQUITA
Tienes toda la razón, Paquita. A veces somos la propia empuñadura que sujeta el gatillo.
Un beso para ti también.
Bella metáfora, una vez más. Si esa empuñadura que sujeta el gatillo se pudiese visualizar a tiempo tal vez las cosas serían de otra manera. Creo que la mayoría de las personas vivimos al día, alejados del razonamiento y la reflexión, y en muchas ocasiones ni siquiera lo evidente alcanzamos a verlo en su dimensión real.
Sólo cuando ha sonado el disparo, los cuerpos yacen en el suelo y la sangre corre nos echamos las manos a la caeza. Sólo cuando el agua del mar anegue la planta baja de nuestra vivienda nos daremos cuenta que el cambio climático existe. Sólo cuando el hambre llene nuestra olla nos daremos cuentas de que otros tiran la comida a nuestra costa... o quizás ni así.
Lamentablemente siempre llegamos tarde para detener lo inevitable. Pero, al menos, quienes no demos cuenta con antelación que tengamos el consuelo de haberlo intentado.
Un abrazo, Jesús.
La realidad vista desde un espejo.
A través de él vemos el fondo. Cuando nos miramos en el espejo vemos lo que tenemos detrás.
Leerte es como mirarnos en un espejo....
Leer tu relato es ver la cruel realidad que hay en todos estos actos.
Por supuesto no tienen justificación, pero sí prevención.
Que pena que siempre sea tarde...
Entro, utilizando este medio que tenemos entre manos, para decirte que el "Anónimo" del que puse todas las referencias en el texto sobre + Campanini ¿me ha contestado! resulta casi mágico! impensable hasta hace, como quien dice, dos días. Un abrazo PAQUITA
Hola,
Tomás, Isa: Efectivamente, el hombre para ser un ente racional, tiene problemas con los pensamientos abstractos, con ese ver más allá de sus narices... supongo que será cuestión de evolución. Ayer, ¿fue ayer?, vi una noticia en TV del funeral o misa por todos esos chicos de Alemania y no pude evitar acordarme de la madre del chico que disparó. Resulta que envió una carta de condolencias, y no puedo evitar pensar que ella cree que su hijo era un bicho asesino. A mí me gustaría que la policía investigará el caso para saber que llevó a ese chaval, en un arrebato de locura, a hacer lo que hizo. A partir de ahí, comenzaríamos a entender muchas cosas. Gracias por vuestras visitas.
Paquita: Sí, efectivamente el mundo es un pañuelo, e internet no veas jeje. Muchas gracias por tu trabajo buscando más información; y ya sabes: Mi blog es tu casa.
Un abrazo para todos.
Hola Obesrvador.
Te sigo hace tiempo, y, aunque nunca dejé comentario alguno en tu blog, tengo que reconocer que me gusta mucho como escribes.
Ahora he abierto mi propio blog.
Te invito a que pases por allí.
También me gusta escribir, aunque para nada estoy a tu altura!!!
Un saludo.
http://loquenopudecontar.blogspot.com/
Hola "Mi yo"
Estaré encantado de pasarme por tu blog para leer lo que vayas escribiendo, claro que sí. Muchas gracias por tus palabras... me sacan lo colores...
Un abrazo.
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