miércoles, 24 de diciembre de 2008

ESQUIZOFRENIA DE SOLEDADES



ESQUIZOFRENIA DE SOLEDADES
Hoy soy un quebradizo abuelo. Que ruge. ¡Sí, ruge
cuando las hadas galopan por una madrugada de sucio trotar!;
yo no las veo desde que el aliento comenzó a olerme a barro...
¿es porque he alimentado mi corazón de cieno?,
fue para seguir tirando de mi fúnebre carro.

Las pestañas se han cansado de ser rastrillo
de legañas que pagan cobertizos,
y la verdad es que echo de menos tu bosque
y el canto mágico de los malditos grillos.

Mareas de sangre vomitan mis ojos descorazonados,
me muero por dentro y tengo miedo de dormir el penúltimo sueño,
por si en la mañana no encuentro razones para levantar de la cama
a este cerebro abarrancado, que ya no ama... ni a sus vientos sublevados.

Dentro de mí crece un sinuoso camino,
en las noches de cielos confusos
donde chispean sangre las jeringuillas,
que lloran desconsoladas
durmiendo en antebrazos que parecen alcantarillas

Ahora tengo las manos encalladas,
como barcas en un barrizal,
y vendería un trozo de mi gastada alma
para besar una última madrugada
de luna desquebrajada
a pedradas contra el cósmico cristal.

Y en tus ojos verdosos
se enjuagarán los renacuajos recuerdos,
hartos de nadar en escupitajos
de los que hablan sin corazón.

¡Tus ojos verdosos...!
esos anzuelos de luna
para que salga a morder tu retina,
y así abrazarnos hasta rompernos las costillas;
pero no son de cosquillas
de lo que están demacradas mis sonrisas,

que ni en tus besos sinceros
encuentro ya descanso,
para este pesado corazón embustero
que me arrastra consigo al fondo de sus charcos.

Y si no sigo tus pasos es porque no te encuentro,
porque me nacen brumas de fiereza moribunda
en el fondo de este jirón de estrellas muertas
que asustan al niño que escupe tierra a la luna.


Quisiera ir a dormir donde se confunde el mar con la cerveza,
refugio de espuma al que van a llorar las salinas lágrimas del mar.
Quisiera verme tatuado de anclas hasta el corazón,
para ver como en el hastío de esta noche malherida
mueren de viejos los sueños de algodón.

Hoy me duele el grito sordo de mis pies,
que caminan resignados por cristales de alquitrán,
hozando dehesas de cemento, donde ahorcan sueños
para dar ejemplo a los que miran al cielo
con ojillos encendidos en lágrimas de incienso.

De ese cielo cae un rumor mojado;
una lluvia de cartón que huele a muerto
y hace que las figuras de las estatuas
me saquen su lengua blanca y hastiada,
hasta que me duele el pecho entre las sábanas
y me entran ganas de tener agallas
para salir a la calle y apuñalar todas las fachadas.

Así va muriendo de pena un ciprés
mustio y viejo en mí salón,
que harto ya de florescencias quebradas
se arranca las hojas en su sillón.
Despacito, se va mirando al espejo,
para no morir abatido y solo, como un perro.

Y puedo ver alrededor de mi habitación
el triste gotear de un sauce llorón,
que enraíza añejo el sudor
en mis ojos resinosos, hasta las cejas...
de tu hedor.

Si mientras el tiempo no se acaba,
le pido al aire que acaricie tus oídos
con el murmurar de estas palabras:
“Si me hubieran crucificado junto a tus manos
no me habría importado que los años me quitarán luz;
aun partiéndome los labios, tus besos no me escocerían
tanto como esta despedida.”.

Muérdeme pena que me marchito
y noto que voy perdiendo el color.
Ya sólo me ilumina la luz de la navaja
que tajó hace un momento tuberías en mis venas.

Ya viene la princesa negra;
no escribo más, se nubla la vista
y no consigo recordar el calor,
pero lo siento alejarse...

Sólo he sido un búho terco
al que un próximo día
ya no le hizo cosquillas.