Ella estaba medio recostada sobre los asientos de la rinconera. Su mano delicada reposaba con desdén sobre el suelo, a la par que sostenía una copa de bohemia rebosante de lujoso champagne francés y barbitúricos baratos. Llevaba puesto un camisón de satén con manchas de leopardo, y su escote, ligeramente sudoroso, palpitaba al ritmo de su mirada felina. También llevaba puestas sus joyas de oro, sus sempiternos tacones de aguja y su pose de lascivia derrotada. Sobre el suelo había unas flores blancas, con los pétalos arrancados y esparcidos por toda la habitación. Esas flores y una nota escrita a mano le decían a Julie que esta noche estaba impregnada de sepultura y muerte.
Él paseaba por el salón de la mansión Visconti mesándose los finos hilos del bigote casi de forma catatónica. Su mente se disolvía a cien mil pies del suelo, mientras contemplaba con la mirada perdida una de las fotos de la pared y daba sorbos a su vaso de bourbon, en cuyo fondo dormitaba un anillo de bodas, casi como si de un naufragio de amor se tratase. En el interior del anillo podía leerse: “Julie y Johnny. 23-5-1996”.
Unos pasos oscuros taconearon el mármol del hall del Gran Hotel Royal. Mocasines negros, pantalón y chaqueta cruzada del mismo color, barba poblada, gafas oscuras y gomina en el pelo, eran los rasgos que describían al sicario encargado de demostrarle a Julie Danfort que aquella noche, y todas las noches, dejar plantado en el altar a Johnny Visconti era lo mismo que asistir a tu propio funeral: un desvarío macabro.
Hoy era el aniversario. Habían pasado doce meses desde que Julie decidiera no casarse con Visconti, cuando éste iba ya camino del altar. Aquel día todos los preparativos estaban listos para la boda del último “cavaliere” de los Visconti. La Iglesía estaba a rebosar; la flor y nata del catolicismo, del tráfico de drogas, el contrabando de armas y la trata de blancas se habían dado cita para honrar al hijo de uno de los últimos grandes: el difunto capo Giussepe Visconti. Fue una deshonra para toda su familia: los minutos pasaban y los murmullos retronaban en los bancos; los invitados respiraban el aire incómodamente, viciándolo de inquietud, y fueron saliendo del templo hasta que, hora y media después, sólo quedaba en la Iglesia Johnny, abatido y siniestro en una esquina. Antes de que la familia Danfort abandonara el templo, Johnny escribió una nota y se la mandó dar a la madre de Julie, con recado de que se la entregara a ésta. La nota decía así: “Pequeña Julie, no quiero volverte a ver, ahora vivirás el resto de tu vida asustada.... ¿sabes por qué? Porqué el día de nuestro primer aniversario, cuando se cumpla un año de esta afrenta -no importa dónde te escondas-, en homenaje a nuestra frustrada noche de bodas... morirás. La cuenta atrás ha comenzado”.
Julie miraba al vacío. Ella que había sabido andar en lencería por el alambre de espino que rodea los despachos –y las alcobas- de los hombres de poder ahora se encontraba sola y había sufrido, por primera vez en su vida, lo que era trabajar y cuidar de sí misma. Ella había jugado siempre con su belleza, no sabía hacer otra cosa que seducir, siempre le había valido con eso y, en ese arte, la verdad, nadie podía superarla. Pero su belleza, sirviendo cafés de polígono industrial y copas en garitos donde moraban los últimos Australopithecus, la había puesto en más de un apuro. Desde el día que se fugo en traje de novia por los andenes de una estación de Chicago nunca se había sentido realmente sola; ni a salvo. Vagó durante un año de ciudad en ciudad, de motel en motel, escondiéndose en pueblos que no salían ni en los mapas o perdiéndose en la multitud de las grandes urbes; pero siempre sentía un ruido en el pasillo, una mirada tras el periódico de una barra de cafetería, una ventana abierta al volver a casa que recordaba haber cerrado. Siempre sabía que no estaba sola, pero éso, pensaba, ya no importa, ya que hoy era el día.
Los pasos avanzaron por el pasillo de la planta 3; el mudo “click” de un silenciador y el chasquido sordo de un cargador introduciéndose en la culata de una Magnum de 40 mm era la liturgia de los sacrificios de honor que la mafia de la Cosa Nostra tenían costumbre de realizar como ritual sacrosanto. Y hoy era un día señalado en rojo en el pastoral de la orden de Visconti: hoy era 23 de Mayo de 1997; hoy hacía un año de la frustrada boda de Julie y Johnny.
Johnny esta noche llevaba el mismo impecable frac negro que vistiera el día de la “casiboda” –como se la recordaba entre “las familias”-, y bebía con amargura mientras sostenía una foto de Julie. Ligeramente embriagado, y solo como estaba en el salón, puso un vinilo en el tocadiscos, y con toda la melancolía que podía albergar el pútrido corazón de un jefe de la mafia ítaloamericana comenzó a bailar el vals de El Cascanueces con la foto de su amada –odiada- Julie en la mano, con la única compañía de la luz de la luna entrando por la ventana. Es curioso –pensaba Johnny-, cómo casi cualquier corazón es capaz de amar; cómo había sufrido por amor un hombre capaz de matar y ordenar hacerlo, un rudo entre los rudos, un villano de profesión como era él. La música cesó. Johnny se desplomó en el sofá y se desprendió de unas lágrimas que le goteaban usando el dedo índice, con una delicadeza impropia para un dedo más entrenado en blandir gatillos que en limpiar pruebas emotivas. En ese instante Johnny recobró la impostura, descolgó el teléfono y marcó un número: “¿James? Adelante”. Tras ésto, tiró el portarretratos a la papelera, lo prendió fuego y subió a su habitación presto a dormir y a olvidar, una vez consumada su venganza.
Ella, entretanto, también decidió rendir homenaje a la glamourosa Julie del pasado, ésa que volvió locos a hombres poderosos y que para protegerse de ellos, cuando había vivido una temporada de su fortuna, siempre necesitaba a uno más importante y peligroso que el anterior. Y así siguió, hasta que se le fue de las manos el tiempo y la peligrosidad teniendo una relación amorosa con un miembro de la familia Visconti. Por ello, eligió como lugar de espera de la guadaña que Visconti hubiera elegido para ella la suite del Gran Hotel Royal de New York, la misma donde sedujo con sus encantos por primera vez a Johnny.
El sonido del pomo dorado de la puerta la sobresaltó. Comenzó a girar, lentamente, con el sonido susurrante de una cuenta que se ajusta. Julie contuvo la respiración, no varío su orgullosa postura erótica ni un ápice, era una mujer de fuerte carácter y este día no iba a ser una excepción. Se abrió la puerta, la sombra contorneada de un hombre apareció tras el dintel; la luz estaba apagada. La sombra se deslizó en la habitación en busca del interruptor de la luz y la encendió.
- ¡Julie!...
- Hola Johnny –respondió Julie con suavidad mientras lo apuntaba con una pequeña pistola plateada.
- Pero, ¿qué haces aquí?, ¿cómo has entrado?
- Johnny, Johnny, bonito traje, ¿todavía lo conservas? Yo el mío tuve que venderlo cariño... necesitaba dinero, y un sitio dónde dormir, pero bueno, tú eso ya lo sabes, tus hombres llevan un año vigilándome para que hoy se cumpla tu profecía.
- Pero Julie, yo...
- ¡Cállate! Viví atemorizada muchos meses, ¡maldita sea, jodido italiano orgulloso!, pero acabé acostumbrándome a las visitas que me mandabas, claro que sí, de hecho les dejaba comida preparada; y me la encontraba mordisqueadita, por cierto, como una noche de reyes, querido, tus hombres son tan torpes como tú. Como ves, yo tampoco he faltado a nuestra cita de aniversario... si bien, he decidido no asistir a mi funeral y tener tiempo para los preparativos... del tuyo; sólo me falta el cadáver, pero no te preocupes, no tardaré nada.
- Vamos Julie –rogó Visconti-, estaba furioso, me humillaste... sólo quería asustarte, nada más, jamás he pensado en hacerte daño.
- Claro, Johnny, yo ahora podría hacer como que no he escuchado desde el teléfono de tu habitación la agradable conversación que has mantenido con....¿James?.Sí, James, tu siniestro sicario; que ahora mismo estará preguntándose dónde estoy y por qué no ha de coger el sobre de dinero que le he dejado sobre la mesa de mi suite para que desaparezca de mi vida. No dudes, Johnny, que ya estará con él en el bolsillo, y camino de ofrecerse a la competencia mafiosa que puede ofrecer una ciudad como New York, más si cabe cuando su anterior jefe ha muerto. Feliz aniversario cariño.
El sonido de dos disparos retumbaron en el edificio. Julie se acabó el champagne, se vistió y movió sus sinuosas caderas camino de la puerta. Pasó por encima del cuerpo sin vida de Visconti haciendo equilibrios con esos tacones de aguja tan propios de una “femme fatale”, tan vertiginosos que hacen a algunas mujeres más peligrosas que la propia mafia.
Fue ésta una lección que no supo aprender Johnny Visconti, de la misma forma que no supo aprenderla Ptolomeo de Cleopatra, Juan el Bautista de Salomé, o Francia de Matahari. Una lección que, en toda la humanidad, maldita sea, ningún hombre ha sido capaz de comprender, y si alguien lo comprendió, también sucumbió sin remedio.


