martes, 30 de septiembre de 2008

Relato. LA COSA NOSTRA


La Cosa Nostra

Ella estaba medio recostada sobre los asientos de la rinconera. Su mano delicada reposaba con desdén sobre el suelo, a la par que sostenía una copa de bohemia rebosante de lujoso champagne francés y barbitúricos baratos. Llevaba puesto un camisón de satén con manchas de leopardo, y su escote, ligeramente sudoroso, palpitaba al ritmo de su mirada felina. También llevaba puestas sus joyas de oro, sus sempiternos tacones de aguja y su pose de lascivia derrotada. Sobre el suelo había unas flores blancas, con los pétalos arrancados y esparcidos por toda la habitación. Esas flores y una nota escrita a mano le decían a Julie que esta noche estaba impregnada de sepultura y muerte.

Él paseaba por el salón de la mansión Visconti mesándose los finos hilos del bigote casi de forma catatónica. Su mente se disolvía a cien mil pies del suelo, mientras contemplaba con la mirada perdida una de las fotos de la pared y daba sorbos a su vaso de bourbon, en cuyo fondo dormitaba un anillo de bodas, casi como si de un naufragio de amor se tratase. En el interior del anillo podía leerse: “Julie y Johnny. 23-5-1996”.

Unos pasos oscuros taconearon el mármol del hall del Gran Hotel Royal. Mocasines negros, pantalón y chaqueta cruzada del mismo color, barba poblada, gafas oscuras y gomina en el pelo, eran los rasgos que describían al sicario encargado de demostrarle a Julie Danfort que aquella noche, y todas las noches, dejar plantado en el altar a Johnny Visconti era lo mismo que asistir a tu propio funeral: un desvarío macabro.


Hoy era el aniversario. Habían pasado doce meses desde que Julie decidiera no casarse con Visconti, cuando éste iba ya camino del altar. Aquel día todos los preparativos estaban listos para la boda del último “cavaliere” de los Visconti. La Iglesía estaba a rebosar; la flor y nata del catolicismo, del tráfico de drogas, el contrabando de armas y la trata de blancas se habían dado cita para honrar al hijo de uno de los últimos grandes: el difunto capo Giussepe Visconti. Fue una deshonra para toda su familia: los minutos pasaban y los murmullos retronaban en los bancos; los invitados respiraban el aire incómodamente, viciándolo de inquietud, y fueron saliendo del templo hasta que, hora y media después, sólo quedaba en la Iglesia Johnny, abatido y siniestro en una esquina. Antes de que la familia Danfort abandonara el templo, Johnny escribió una nota y se la mandó dar a la madre de Julie, con recado de que se la entregara a ésta. La nota decía así: “Pequeña Julie, no quiero volverte a ver, ahora vivirás el resto de tu vida asustada.... ¿sabes por qué? Porqué el día de nuestro primer aniversario, cuando se cumpla un año de esta afrenta -no importa dónde te escondas-, en homenaje a nuestra frustrada noche de bodas... morirás. La cuenta atrás ha comenzado”.

Julie miraba al vacío. Ella que había sabido andar en lencería por el alambre de espino que rodea los despachos –y las alcobas- de los hombres de poder ahora se encontraba sola y había sufrido, por primera vez en su vida, lo que era trabajar y cuidar de sí misma. Ella había jugado siempre con su belleza, no sabía hacer otra cosa que seducir, siempre le había valido con eso y, en ese arte, la verdad, nadie podía superarla. Pero su belleza, sirviendo cafés de polígono industrial y copas en garitos donde moraban los últimos Australopithecus, la había puesto en más de un apuro. Desde el día que se fugo en traje de novia por los andenes de una estación de Chicago nunca se había sentido realmente sola; ni a salvo. Vagó durante un año de ciudad en ciudad, de motel en motel, escondiéndose en pueblos que no salían ni en los mapas o perdiéndose en la multitud de las grandes urbes; pero siempre sentía un ruido en el pasillo, una mirada tras el periódico de una barra de cafetería, una ventana abierta al volver a casa que recordaba haber cerrado. Siempre sabía que no estaba sola, pero éso, pensaba, ya no importa, ya que hoy era el día.

Los pasos avanzaron por el pasillo de la planta 3; el mudo “click” de un silenciador y el chasquido sordo de un cargador introduciéndose en la culata de una Magnum de 40 mm era la liturgia de los sacrificios de honor que la mafia de la Cosa Nostra tenían costumbre de realizar como ritual sacrosanto. Y hoy era un día señalado en rojo en el pastoral de la orden de Visconti: hoy era 23 de Mayo de 1997; hoy hacía un año de la frustrada boda de Julie y Johnny.

Johnny esta noche llevaba el mismo impecable frac negro que vistiera el día de la “casiboda” –como se la recordaba entre “las familias”-, y bebía con amargura mientras sostenía una foto de Julie. Ligeramente embriagado, y solo como estaba en el salón, puso un vinilo en el tocadiscos, y con toda la melancolía que podía albergar el pútrido corazón de un jefe de la mafia ítaloamericana comenzó a bailar el vals de El Cascanueces con la foto de su amada –odiada- Julie en la mano, con la única compañía de la luz de la luna entrando por la ventana. Es curioso –pensaba Johnny-, cómo casi cualquier corazón es capaz de amar; cómo había sufrido por amor un hombre capaz de matar y ordenar hacerlo, un rudo entre los rudos, un villano de profesión como era él. La música cesó. Johnny se desplomó en el sofá y se desprendió de unas lágrimas que le goteaban usando el dedo índice, con una delicadeza impropia para un dedo más entrenado en blandir gatillos que en limpiar pruebas emotivas. En ese instante Johnny recobró la impostura, descolgó el teléfono y marcó un número: “¿James? Adelante”. Tras ésto, tiró el portarretratos a la papelera, lo prendió fuego y subió a su habitación presto a dormir y a olvidar, una vez consumada su venganza.

Ella, entretanto, también decidió rendir homenaje a la glamourosa Julie del pasado, ésa que volvió locos a hombres poderosos y que para protegerse de ellos, cuando había vivido una temporada de su fortuna, siempre necesitaba a uno más importante y peligroso que el anterior. Y así siguió, hasta que se le fue de las manos el tiempo y la peligrosidad teniendo una relación amorosa con un miembro de la familia Visconti. Por ello, eligió como lugar de espera de la guadaña que Visconti hubiera elegido para ella la suite del Gran Hotel Royal de New York, la misma donde sedujo con sus encantos por primera vez a Johnny.

El sonido del pomo dorado de la puerta la sobresaltó. Comenzó a girar, lentamente, con el sonido susurrante de una cuenta que se ajusta. Julie contuvo la respiración, no varío su orgullosa postura erótica ni un ápice, era una mujer de fuerte carácter y este día no iba a ser una excepción. Se abrió la puerta, la sombra contorneada de un hombre apareció tras el dintel; la luz estaba apagada. La sombra se deslizó en la habitación en busca del interruptor de la luz y la encendió.

- ¡Julie!...

- Hola Johnny –respondió Julie con suavidad mientras lo apuntaba con una pequeña pistola plateada.

- Pero, ¿qué haces aquí?, ¿cómo has entrado?

- Johnny, Johnny, bonito traje, ¿todavía lo conservas? Yo el mío tuve que venderlo cariño... necesitaba dinero, y un sitio dónde dormir, pero bueno, tú eso ya lo sabes, tus hombres llevan un año vigilándome para que hoy se cumpla tu profecía.

- Pero Julie, yo...

- ¡Cállate! Viví atemorizada muchos meses, ¡maldita sea, jodido italiano orgulloso!, pero acabé acostumbrándome a las visitas que me mandabas, claro que sí, de hecho les dejaba comida preparada; y me la encontraba mordisqueadita, por cierto, como una noche de reyes, querido, tus hombres son tan torpes como tú. Como ves, yo tampoco he faltado a nuestra cita de aniversario... si bien, he decidido no asistir a mi funeral y tener tiempo para los preparativos... del tuyo; sólo me falta el cadáver, pero no te preocupes, no tardaré nada.

- Vamos Julie –rogó Visconti-, estaba furioso, me humillaste... sólo quería asustarte, nada más, jamás he pensado en hacerte daño.

- Claro, Johnny, yo ahora podría hacer como que no he escuchado desde el teléfono de tu habitación la agradable conversación que has mantenido con....¿James?.Sí, James, tu siniestro sicario; que ahora mismo estará preguntándose dónde estoy y por qué no ha de coger el sobre de dinero que le he dejado sobre la mesa de mi suite para que desaparezca de mi vida. No dudes, Johnny, que ya estará con él en el bolsillo, y camino de ofrecerse a la competencia mafiosa que puede ofrecer una ciudad como New York, más si cabe cuando su anterior jefe ha muerto. Feliz aniversario cariño.

El sonido de dos disparos retumbaron en el edificio. Julie se acabó el champagne, se vistió y movió sus sinuosas caderas camino de la puerta. Pasó por encima del cuerpo sin vida de Visconti haciendo equilibrios con esos tacones de aguja tan propios de una “femme fatale”, tan vertiginosos que hacen a algunas mujeres más peligrosas que la propia mafia.

Fue ésta una lección que no supo aprender Johnny Visconti, de la misma forma que no supo aprenderla Ptolomeo de Cleopatra, Juan el Bautista de Salomé, o Francia de Matahari. Una lección que, en toda la humanidad, maldita sea, ningún hombre ha sido capaz de comprender, y si alguien lo comprendió, también sucumbió sin remedio.

viernes, 26 de septiembre de 2008

SOMBRAS DE UN MALTRATO

¿No dices nada mi amor...?(Sombras de un maltrato).

Segundos de agua
caen de grifos mal cerrados,
en esta casa que yace muerta
y ausente de nosotros,
ausente de mí también.

Los días de ventana van muriendo,
y son cuchillos que van matando años,
que van muriendo y son cuchillos
para estos siglos de contoneos enajenados.

Hay un sudor de cristal que cabalga errante
por las sienes cansadas de estos ancianos pasillos,
que reconocen el insondable trotar nostálgico
de los ruidos mudos que pasé buscando en estos silencios,
marchitos de años.]

Y siento en la frente grietas abiertas,
cefalalgias airadas y exasperadas
de los gritos que, al romper sus huesos
para crecer, hace la hierba.

Y me pone furioso no sentir mi respiración,
el eco de las cacerolas es el lloro de las voces
que se ríen en tus ausencias;
mofadas de mí, entre estas velas,
veo como seduces a las sombras
al bajar las escaleras...
huelo desde mi cabeza la concupiscencia.

¡Y siento que los recuerdos son palabras
que ya no se acuerdan de lo que hablan!
Y siento tu cuerpo como un frío pájaro de mal agüero
que vuela inerte y sangriento entre mis asesinas manos.

Una mariposa se posa en las páginas escritas de tus ojos en blanco,
y se la comen las moscas que han anidado en mis manos.
¿No dices nada mi amor...? Ahora seguiremos por siempre enamorados
en esta eterna cena con velas... en la alfombra,
abrazado a tu cuello, por mis brazos desmadejado.

Ya no hablaremos más mi amor de desagravios,
del dolor disperso que florece en los labios.

Plic, plic,plic;
del grifo siguen saliendo segundos mal cerrados.

La casa yace muerta;
tú yaces muerta;
yo os he matado.

¿Mi amor... dónde estás?

lunes, 22 de septiembre de 2008

BALTASAR GARZÓN, YO TE SALUDO





CRÓNICA LITERARIA


Baltasar Garzón, yo te saludo

Jesús Moreno Abad

22/09/2008



Baltasar Garzón yo te saludo. Sí, te saludo por valiente; te saludo por querer ser protagonista –y por qué no, noble nobel- cuando otros juegan a no creer ni en los buenos ni en los malos y les da pereza levantarse y recorrer el marchito camino del derecho, cuando no alcanzar su meta: la justicia. Yo te saludo. Por encontrar estratos chilenos y argentinos en las cunetas que pueblan la península de piel de toro, a veces de gallina, te saludo. Yo te saludo porque no te hiela el corazón ninguna de las dos españas vivas, ni sus pactos de silencio, que aún habitan en las falsamente magnánimas habitaciones de Moncloa. Te saludo por decidirte a poner nombres y apellidos a los huesos que nitratan los siniestros olivares del siglo XX español y por -con cartabón y escuadra jurídica- poner coordenadas a las fosas comunes de nuestra reciente historia, que tanto dolor cobija a ambos lados del subsuelo y tanto olvido ha merecido por parte de todos nuestros gobernantes.


Treinta años de democracia a algunos no les parece suficiente para darse cuenta de que hubo un fascista que, comandando a otros fascistas, asesinó con vileza a miles de españoles. Ésos que franquistas y revisionistas acusaron -y acusan- del delito de demócratas. Es hora de deshacer el bautismo de cal y tierra al que fueron sometidos sus imputados, que yacen anónimos, abrazados como si siguieran tensionando el cuerpo antes de recibir la bala, en centenares de fosas comunes. Pero no se levantarán los malditos. Se quedarán quietos, en sus fosas, como presos de eternidad que no supieran ya vivir fuera de su rejas de arena, y se dejarán abrazar y transportar desencajando sus maltrechos acetábulos en brazos de sus familiares. ¿Culpables?, ¡no, bendita maldita España!: asesinados a manos de asesinos.


Treinta años, maldita sea, son más que suficientes para cerrar la herida que una loada transición consensuada al calor de cañones calientes en la cabeza no supo coser. Una transición que sirvió de coartada para que la dictadura (y sus cómplices) intentara tapar sus huellas de la escena del crimen. Eso por no hablar de los preceptos políticos, que hereda la España del siglo XXI, impuestos al loor del que contaba con el apoyo de la empuñadura de los fusiles. Eso no es concordia modélica, borbónica España, sino la última coacción del que Unamunamente venció, pero no convenció, al resto de los españoles.


¡Otros que querían que la historia les absolviese...!, pero claro, una historia escrita por historiadores de renglones torcidos y tipex que fuera cubriendo el borrón de sangre derramada. La transición democracia trajo -al césar lo que es del césar-; pero fue testigo de cómo los camaleones que supieron gobernar a ambos lados de la historia cubrieron sus escamadas espaldas con la Ley de Amnistía de 1977, poniendo así cera en las cerraduras de las celdas que las leyes internacionales reservan, desde el estatuto Nuremberg de 1945, a los que cometen delitos de lesa humanidad.


Objeto del proceso judicial

La ley de Amnistía no será el único escollo que se encontrará su señoría (y digo su, como quien dice mi señoría). Pese a que el Art. 607 del código penal considera, desde el 2004, delito de lesa humanidad al ataque generalizado o sistemático contra la población civil ("por razón de la pertenencia de la víctima a un grupo o colectivo perseguido por motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos o de género u otros motivos universalmente reconocidos como inaceptables con arreglo al derecho internacional") con penas de hasta 20 años de cárcel, me temo que, a priori, las leyes no tienen carácter retroactivo, es decir, no pueden aplicarse a delitos cometidos anteriormente a la promulgación de las mismas. O eso dice la conservadora fiscalía, al menos. Sin embargo, hay una duda que me asalta, y entiendo que también a usted juez Garzón: ¿Es especial un delito de lesa humanidad en cuanto a retroactividad? No podemos olvidar que las leyes internacionales ciñen estos delitos con los parámetros de “imprescriptibles, no indultables y sin posibilidad de amnistía”, y a nadie se le escapa que la dictadura franquista cumple muy bien lo exigido para opositar a ser culpable del delito de lesa humanidad.


Pero ése es un paso lejano, muy lejano. De momento, lo único que se ha iniciado es un censo de fallecidos y desaparecidos durante la Guerra y la dictadura sólo para ver en qué circunstancias se produjeron y decidir si se es competente o no para investigar los crímenes cometidos desde el alzamiento, a instancia de diversas denuncias interpuestas por asociaciones y particulares. Sólo eso, de momento. Veremos si le escribo en adelante otro saludo más afecto, y acorde con un paso de mayor valentía si cabe. Por ahora la recopilación de datos ya da un paso que ni la diluida por el centrismo Ley de Memoria Histórica se atrevió a dar: exhumar los restos, identificarlos y encontrar las fosas de la vergüenza que aún hoy no se conocen.


El Ministerio de Gobernación mandó una circular a los gobernadores civiles para que hicieran un mapa de fosas y llevaran cuerpos al Valle de los Caídos para su inauguración el 1 de abril de 1958. Esos documentos están en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, comience usted por ahí su señoría. Y siga por revisar los archivos -secretos hoy- del régimen franquista, donde debería haber más de 800 toneladas de documentación incautada al bando republicano. Esos papeles inquisitivos se usaron para elaborar, según reconocidos historiadores, más de tres millones de fichas y decenas de miles de expedientes con el objeto de averiguar antecedentes políticos y actuación durante la Guerra Civil de una parte de la población. ¿Qué fue de esas personas investigadas?, ¿dónde están los desaparecidos?: Esa es la respuesta que se debería conocer, y eso es lo que necesitan conocer los desamparados familiares de los republicanos. Guerra hubo, culpables hubo unos más que otros -ahí está la historia para juzgar el hecho histórico-, pero hoy hay una deuda de obligado cumplimiento para con las victimas y sus allegados: honrarles, reconocerles su servicio a la legalidad vigente del momento y darles justa sepultura. El otro bando hizo salvas a los suyos durante 40 años, con reconocimientos morales, y económicos además, no lo olvidemos, recogido está en el BOE. No necesitan ni merecen doble reparación.


Los crímenes del franquismo

Ésta es una hipoteca con la historia. Podemos comenzar mencionando los muertos de la guerra civil: entre 700 mil y un millón. Encontrémoslos y enterremos los que faltan por enterrar (los del bando republicano), no hay más que decir. Pero, a partir de ahí, depuremos y conozcamos los crímenes que desde la posguerra hasta su final cometió el franquismo.


Historiadores como Santos Juliá o Julián Casanova cifraron, en estudios pasados, en aproximadamente 150.000 los republicanos ejecutados desde la posguerra por el franquismo, pero posteriormente se encontró un documento en el que la portavocía del Ministerio de Justicia franquista reconocía 190.000 ejecutados ya en 1944, fecha del documento; a esta cifra se le podría sumar los otros 200.000 que murieron desnutridos, enfermos y agotados en los campos de concentración franquistas. ¿No fueron ellos igualmente asesinados? Las balas en el pecho tienen muchas formas en los genocidios.

No fueron éstas las únicas barbaridades del franquismo que iban más allá (si cabe) de arrebatar la democracia a España: Penas capitales durante toda la dictadura campan por su currículum, incluso participando políticos “modélicos” de la transición al mando; se han encontrado documentos en los que constan 62.000 personas encarceladas durante años en régimen administrativo, o sea, sin pasar, ni tan siquiera, por tribunales que aplicaran una acusación ante una ley franquista. A finales de los años 40 había contabilizados 300.000 presos políticos, en un país con 25 millones de personas quiere esto decir que, en la España franquista, había 1.158 presos por cada 100.000 habitantes, cifras que se acercan a los récord de la Alemania Nazi (1.614). Para hacerse una idea de la magnitud basta ver que antes de la guerra sólo había 34.000 presos de delitos comunes en las celdas.


Se pueden mencionar también otras aberraciones durante la dictadura, claro que sí. En las cárceles la tortura era una práctica sistemática, hecho atestiguado por cientos de testimonios de supervivientes y, de una forma más sutil, se puede deducir examinando los altos índices de suicidio en las cárceles. Aunque sea de pasada, no puedo dejar de mencionar lo horroroso de la (documentada) práctica franquista que se utilizó para rebajar estos índices: Por cada suicidio, se comenzó a ejecutar a un miembro de la familia del preso que se quitaba la vida. Pero la lista de tropelías, ya no contra los republicanos sino contra el propio ser humano, es interminable: hijos de presas a los que se les cambiaba el apellido para someterles a adopción y que jamás se volvía a saber de ellos; millares de homosexuales encarcelados y sometidos a Terapia Electro Convulsivante (Electroshok), 20.000 esclavos en el Valle de los Caídos - y otros tantos miles alquilados a empresas que hoy son grandes capitales, experimentos con presos brigadistas, comandados por el psiquiatra jefe de Franco -Antonio Vallejo Najera- para encontrar el “bio psiquismo del fanatismo marxista”; curas entregando a las autoridades a sus parroquianos “rojos”, y por último, ya en la transición, la destrucción de documentos probatorios de éstas y otras horribles prácticas.


Toda esta retahíla de monstruosidades ha quedado debidamente probada y reflejada en el informe elaborado por los historiadores Paul Preston, Helen Graham (de la Royal Holloway University de London) y David Wingeate Pike para la condena y reconocimiento de los crímenes del franquismo, aprobado en la Asamblea Parlamentaria del Consejo de la Unión Europea a iniciativa del diputado maltés Leo Brincat el 17 de Marzo del 2006. Sin embargo, ¿qué es lo que no sabremos del franquismo?. Aquí convendría también “tirar de la manta”, ya que no creo que muchos políticos subidos al altar del Olimpo de la transición merezcan la idolatría que el oficialismo nos ha hecho presuponer.


Deudas de la Transición

Fueron sistemáticas la quema de papeles y documentos comprometedores desde cargos medios que estaban bajo la competencia de nombres como Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa o Manuel Fraga durante los últimos momentos de la dictadura y la transición, al más puro estilo de la Stasi del telón de acero o las SS nazis. Así lo contaba Josep Benet –historiador, y senador en la democracia- que además de atestiguar la quema de los documentos del Movimiento Nacional en Barcelona en 1977, poco antes de celebrarse las primeras elecciones, también realizó varias denuncias y preguntas en el senado al gobierno de Suárez. No hubo respuesta. Estas prácticas ocurrieron paralelamente en numerosos puntos de España, como lo publicaba el diario El País el 4/8/1977, y como muchos historiadores han contado.


¿Por qué la quema de papeles? ¿Por qué las reticencias de algunos sectores a investigar el franquismo?. La transición dejó en papel mojado graves sucesos que apuntan con chorreante dedo a ilustres políticos, aún vivos e incluso en activo. Quizás se descubriera que no sólo de las aguas de Palomares se manchó Don Manuel Fraga. Ahí están los sucesos de Vitoria de 1976 donde cinco trabajadores fueron asesinados y más de cien resultaron heridos, la mayoría de bala, a resultas de los disparos efectuados por la policía armada española para desalojar una iglesia, previamente gaseada, en la cual se celebraba una asamblea de trabajadores en huelga. De esa matanza para disolver una huelga pacífica existen grabaciones que apuntan a ordenes directas que vinculan a Manuel Fraga Iribarne, entonces Ministro de la Gobernación (ministerio responsable de la policía), y al General Campano, director de la Guardia Civil. También en los San Fermines de 1978, esta vez con Rodolfo Martín Villa al cargo de la policía del gobierno de UCD, se disolvió a tiros una concentración con pancartas en las gradas de la plaza pamplonesa: Otro muerto y varios heridos. Los oscuros casos se suceden, y la punta del vértice del poder en ese momento (Adolfo Suárez y el rey D. Juan Carlos I) también callaron. ¿Asesinatos a investigar? Aquí no hablamos de tiempos antidiluvianos... ¿qué hay que esconder?. Tire de la manta Juez Garzón.


No hace mucho que veíamos en la portada de los periódicos nacionales una impactante foto donde su majestad (y esta vez digo su de vuestra) el rey Don Juan Carlos I tiernamente le ponía la mano en la espalda al ex-presidente Adolfo Suárez, enfermo de Alzheimer, ante la incapacidad de éste para recordar. Bien, pues el monarca quizá debiera poner esa mano en la espalda a la mitad de esta nación con semejante ternura. La memoria histórica es también fácilmente olvidada por algunos.


Y sé que no juzgarás a los culpables Baltasar Garzón. Mi razón lo pide y también mi corazón, pero de nada serviría ya, lo sé... algunos se encargaron de cubrirse muy bien las espaldas. Pero te saludo por, desde las mismas togas que fueron cómplices, otorgarle orfandad a los olivares de media España, coser por primera vez con algo de hilo las heridas y devolver los cuerpos de los derrotados y represaliados a sus santas, y esta vez sí, eternas camas. Por todo esto, Baltasar Garzón yo te saludo. A otros les juzgara la historia cuando ésta se conozca.