Parte I. La santa de los ombligos secos
Mi niña, no llores...
- le decía Don Manuel
arrullando a la pequeña-,
estaba pálida como la vieja luna
y febril como una estrella.
Ella se agarraba con sus dedos al amanecer
con las fuerzas de sus cinco añitos de vida.
¡Oh Don Manuel! mójele la cara,
que una brisa fúnebre ya pasea
de cuerpo presente por la casa.
En la calle, el pueblo se agitaba.
Descalzas romerías de ateos esperaban
¡que la pequeña santa no muriera
que el pequeño ángel los tocara!
Libertad entró en la habitación
con una túnica blanca, del color de su mirada,
blanca, blanca como su bandera, como su fantasma...
Llorole al oído a Don Manuel profecías exhaladas:
“Don Manuel, fuera el aire ya se ha parado a escuchar
como el odio aprieta las miradas,
y por las nubes, una extraña viudedad
anda desdibujando las montañas”.
“Se oyen todas las respiraciones
y los pueblos cierran sus ventanas,
un grito afilado musita entre las hojas viejas de los álamos...
¡son los hombres matando sus remordimientos
momentos antes de matar a sus hermanos!".

Parte II. Amanecer de cielo rojo moribundo
Amaneció en los cuarteles un sol negro de puertas abiertas,
y en las celdas se fueron pintando cementerios sin verjas,
fastuosas tumbas y solitarias cunetas son las camas de las dos Españas,
falsos cristos de escayola bajan de la cruz y empuñan las armas.
La pequeña santa yace muerta
en brazos de Don Manuel Azaña,
se postra el aire ante la mortaja
de alma seca y republicana.
En campo abierto los hombres se hunden en la tierra,
como raíces negras que se riegan de rencores enfrentados.
Arriba, llora un cielo rojizo con un mirar tan mojado
que hasta las tierras de los campos se apelmazan,
contagiadas por el miedo que desprenden los soldados.
Los ojos descorazonados retorcidos a balazos,
enterrada bajo un olivo yace la pequeña,
sepultada junto a Lorca,
con millones de ideales que levantan los arados,
de la tierra pululan los huesos, testigos de los sueños robados
Parte III. Cuántas veces se mata a una santa
Se escriben lánguidas y temblorosas las letras previas,
que se despiden de las horas póstumas en una celda
esperando que el grillete parta el cuello de la última tristeza,
cuando se le entrecorta el lloro a la respiración postrera.
El aire no llega a besar los labios pero sabe a sangre yerma,
momentos antes de que la vida penda
de un hilo de vida, embarrado de tragarse lágrimas secas.
Por el garrote, vil vaga un demonio en su cruz,
vomitando horrorizado su propia alma en pena,
por cada ciego rincón de una maldita sentencia.
Libertad, ¿dónde andabas?,
si no es escondida en tu extraña viudedad,
echabas de menos la república de las letras,
murió un poco más un dos de Marzo del setenta y cuatro...
la lloran los fusilados, la lloran los cuerpos de los exiliados,
y la familia del último ejecutado.

4 comentarios:
Cuanto no han pasado, cuanta sangre inocente derramada, la verdad es que esta entrada tuya de hoy es por y para no olvidar, ya que se es parte de nuestra historia de nuestra vida, esos acontecimientos tan trágicos y tan triste ya pasaron, pero a diario en nuestra sociedad en nuestro mundo siguen muriendo millones de personas, de igual manera que nuestros antepasados recuerdan y relatan la guerra lo que originó, creo que es necesario e importante que estos hechos sean contados por toda la eternidad de nuestras generaciones.
Un abrazote y buena entrada.
Hola Ruth:
Que bueno que te hayas pasado por aquí, y encima para decir cosas así de inteligentes. Se trata precisamente de que sepa la verdad, que no se olvide para que no se repita, ahora que vivimos en paz y nadie nos puede poner una mordaza. Lastima que los genocidios se repiten por el mundo, y hoy los tenemos en África, Palestina, Rusía..., en fin.
Me alegra que te haya gustado.
Un abrazo.
Joder, Jesús, cada vez que leo uno de tus poemas me dejas sin palabras. Me cuesta encontrarlas para expresar los sentimientos que me genera esa forma tuya de contar las cosas. La fuerza con que tejes, las figuras cargadas de expresividad, la hondura de lo que expones. Y esta entrada, especialmente, conmovedora y tan triste como la propia historia que les tocó vivir a sus protagonistas y que a nosotros nos toca recordar para que no haya sido un dolor inútil. Para que nos mantegamos siempre alerta y que nunca más las cunetas de ningún sitio se vean obligadas a acoger los frutos del odio.
Mi enhorabuena. Espero con ansias la siguiente urdimbre que tejas con tu pluma bendecida por las musas.
Salud, amigo Jesús.
Ay, Tomás, Tomás, fíjate si te gusta la poesía... que te gusta hasta la mía.
Muchas gracias por tus palabras, amigo, porque con más o menos arte intento poner el corazón en lo que escribo y estirar los versos para que toquen al que los lee.
Un abrazo, camarada, y sin embargo amigo.
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